Crónicas del confinamiento – Docentes

Blanco

Todos los días me despierto con la mirada en el techo
Blanco, lo primero que pienso
Me levanto retirando las cobijas color azul de mi cuerpo
Me visto, voy a la cocina y desayuno, a veces con un oscuro café a veces sin él
A comer algo que luego no recuerdo
Hay días en los que peleo con la gente sin rostro que conmigo vive
Hay días en los que los veo una hora, otros en los que los veo diez
Todos los días, vestimos nuestras ropas que cada día noto más claras
No importa la hora, el lugar, el contexto, el ambiente
Las blancas paredes son testigos de la agonía que supone a veces la vida
Sueños donde las sombras más oscuras son apenas grises pálidos
Caras que no poseen rasgos viendo hacia ningún lugar
Despierto, blanco, retiro las cobijas color blanco de mi cuerpo
Voy al baño, me lavo la cara y miro al espejo donde una blanca cara me observa
Comer, no recuerdo que el café fuera tan blanco
Otra vez ahí, esas personas sin identidad esperan
Sus ropas se han decolorado completamente
El hecho de ver el blanco me hace pensar en que no los recuerdo
¿Cómo lucían cuando tenían cara?, ¿Cómo eran?, ¿Cómo me relaciono con ellos?
La blanca ventana me devuelve la mirada, al igual que todo lo blanco que aquí habita
Me levanto entre sudores fríos
¡Bah! nada más que un mal sueño, aunque últimamente… no hay buenos sueños
Sentado en una esquina, a pesar de que tengo mis ojos cerrados, sé que todo es blanco
Al pasar por la sala los cuadros me observan, sin ojos puedo notar su mirada en mí posada
A veces solo veo el borde de la terraza, me reconforta saber que hay una salida
Pero siempre que lo miro solo pienso: ¿Por qué no es blanco?
El vaivén de mi vida, confinado aquí
Siento que vivir no tiene sentido cuando todo es un ciclo interminable
Despierta, clases, blanco, sombras, deberes, comida, ducha, blanco, dormir, repetir, morir
Me refugio en la lectura, las películas, los videojuegos, mi imaginación, mis demonios
Pero nada realmente me hace olvidar mí alrededor
Las flores blancas cual lirios, a pesar de algún día haber sido rosas
Procrastinar dejó de ser un mal hábito cuando se volvió una ley para el escape
Mi pared alguna vez estuvo llena de color, hoy ni el blanco se quiere acercar
Observo a mis vecinos por la ventana, sigo sin entender por qué sus casas no son blancas
Sentado frente al computador, teclear se hace cada vez más difícil
Pero mis ojos se están adaptando, cada vez más, al albo ambiente que me rodea
Amanece, a veces duermo, a veces no 10 horas, 3 horas, 7 horas, 5 min, ¿Qué más da?
El domingo pierde sentido cuando todos los días son iguales
Las miserias salen a flor de piel cuando el alma empieza a desvestirse
Hoy vi a una de las sombras llorando en un rincón
Me impresionó porque no lo esperaba
Pero me impresionó más darme cuenta que estaba desapareciendo por su palidez
Creo que la melancolía es contagiosa
Hoy no me levanté, no comí, no me bañé, no me moví
Por un momento pensé que había muerto, pero de momento no he tenido esa suerte
Tengo los ojos adoloridos gracias al fervor que pongo en rascármelos
Siempre imagino que cuando los vuelva a abrir
Me habré despertado de esta pesadilla
Aun con eso, mis ojos no dan signos de irritación, se mantienen blancos
El tiempo parece haber sido detenido por Cronos
Las cortinas filtran la luz pero la luz es solo superficial
Cuando por dentro se está lleno de oscuridad
No importa lo que haya, lo que suceda, lo que pase o lo que no
Todo me recuerda el hecho de que el reloj lleva detenido 2 días
Llega la hora de dormir, pero no tengo sueño
Las pesadillas me persiguen, me llenan, me hunden, me rompen
Y luego solo veo blanco
Me quedo pensando esto, pero el tiempo parece actuar a su antojo
Porque voltee a la ventana y el cielo estaba teñido de un color carmín
Intento gritar, pero no tengo voz, intento ver, pero no tengo ojos
Intento resistir, pero ya no tengo fuerzas
Hoy caminaba por el pasillo cuando sentí que chocaba con alguien
Resulta que la sombra pequeña ahora es transparente
Por un momento pude verla, sin manto
Vi su cara después de tanto, pero la máscara cayó enseguida
Sigo sin acordarme de ella
Me desperté pronto y fui a comer
Al principio no pude ver mis manos hasta que volvieron a aparecer
¿Me asuste? Realmente, ni me acuerdo, ni me importa
Últimamente siento que no recuerdo mi vida antes de este encierro
Supongo que esto es normal
Al principio pensé que había descubierto la monotonía
Ahora me doy cuenta que siempre la he llevado como un animal en cautiverio
Encerrada, esperando su oportunidad para salir
Su oportunidad para revelarse
Su oportunidad para brillar con una blanca aura
En algún momento simplemente tuve ganas de gritar
Finalmente, la hora de salir llegará
O eso me dicen, pero siendo gobernado por una gran y diversa variedad de ideologías
Sus palabras simplemente pierden cada vez más y más poder
Suplican respeto, sin ofrecerlo
Suplican comprensión, sin darla
Suplican ayuda, sin devolverla
Y suplicarán obediencia sin darnos buenas razones para seguirlos
Nuestras ganas de libertad y transparencia serán más grandes que nuestras ansias de paz
Me siento y pienso que talvez
El color blanco no esta tan mal
Me rio en voz alta
¿A quién quiero engañar?
Supongo que solo a mí mismo
Pues no hay nadie más que me escuche
Nadie más que me vea
Nadie más que me comprenda
Nadie más que me ayude
No hay nadie más con el que pueda desahogarme
Suspiro con la mirada fija en el techo
Blanco, todo blanco
Simplemente… blanco
Je suis fatigué?
Fatigué des gens?
Talvez
Pero sobretodo, creo que estoy cansando del blanco

Confinado en una soledad que me cobija
Autor: Yosbel López Arteaga-Profesor

Me cobijo en una soledad, en una soledad que me confina. Si meses atrás alguien lo planteara, no pocos lo tildarían de quijotesco; pero Sancho Panza siempre tuvo razón y con su cordura aventurera nos invitó a vivirla desde casa. Aún recuerdo el revoloteo del hormiguero cuando un alcalde pronuncia que se suspenden las clases de la jornada. Los teléfonos no se detienen y todo se pausa. Nadie entiende con certeza, salen al patio los chicos y no tenemos qué decirles; solo que no apresuremos una alarma. Encontramos una tarde atípica y se consuma el hecho. Por suerte, todos pudieron llevarse sus útiles escolares. «¡Bah, ya el lunes entramos!», exclamaron los gustosos de vacaciones. No obstante, solo era el inicio de un no regresar, de ese no verse, de ese confinarse por ya casi tres meses.

Miro mi reloj que no cesa de dictarme las horas del día, como si no me las supiera, y su conteo monótono lastima mis apetitos de salir y abrazar a todos, de decirles cuán importantes son en mi vida. Los contornos de esta nueva realidad desdibujan la percepción de lo social, a la vez que acrecientan mi creencia de que el contacto físico es imprescindible. Se colorea un confinamiento fundamentado en una virtualidad que muchos queremos ignorar hoy día. Las cuatro paredes parecen un telón de teatro que no desciende y ya no hay entreactos; solo un monólogo que ahoga el zumbido de una voz torcida, ronca y agitada por ansiar decir más.

Los maestros nos hicimos hacedores de un cambio educativo; protagonizamos en días una transformación en los modos de enseñanza: instructiva y emocional. Los quehaceres del hogar si simultanearon con esa cámara prendida detrás de la cual se veían rostros despeinados, cuerpos acabados de levantar; otros, sin siluetas, escondidos frente a lo visual, quizás por no dejar ver su impaciencia; pero eso sí, en su gran mayoría con júbilo de poder continuar el camino del saber. Acompasados y seguros empezamos a transitar por pantallas compartidas, por recursos agregados, por la familia con su incondicional apoyo… Nuestra casa también cambió, todos hicimos una escuela dentro de ella, en el lugar donde cada quien sintiera mayor comodidad. Se ha vivido risas compartidas a diario, regaños, anécdotas, saludos de padres y madres, sorpresas tras cámaras; de todo, para construir una historia vivencial que no es tan ficcional como creíamos.

Sabes, también disfruté ver cómo el medio ambiente del que formamos parte ha sido feliz; cómo soltó sus riendas y grandes metrópolis se deleitaron con ese azul del cielo que ya desconocían debido a la incesante contaminación. Fue un regocijo observar las aguas limpias de Venecia y el marchar de animales, incluso salvajes, por las veredas que les hemos robado. El corazón de nuestra madre natura, el de nuestra Pachamama andina, por qué no, latió fuerte y fue impecable con su grito, porque aún vive y nos reclama que respetemos sus años. Creo que seremos un poco más conscientes en lo adelante. Del sentido de este presente pavimentaremos un futuro más equilibrado. Cada uno sembrará en su pedacito y cosechará un lote de felicidad.

¡Cuánto sacrificio de todas las partes! Hoy más que nunca ese futuro mejor es incierto; pero con fuerza, fe, abnegación y responsabilidad lo afrontaremos. Somos resilientes y como tal actuaremos. Nunca el ser humano ha flaqueado frente a adversidades; por el contrario, ha renacido con más fortalezas, con sentido de un protagonismo mayor, con la creencia de una existencia más confortable. Amamos la vida y nos debemos a ella. De este confinamiento sacaremos mil lecciones para juntos desandar el porvenir.

CROMATOLOGÍA
Autor: Lcdo. Paúl Lucero Aguirre

Es el enésimo día, por supuesto que los sigo contando. Desde la primera semana de cuarentena ha surgido un debate algo hostil por redes sociales: padres y docentes convulsionan al comentar sobre el verdadero esfuerzo que los profesores han realizado siempre y durante la pandemia. Es un tema que da mucho de qué hablar, es polémico, trágico, cómico, y hasta podría ser interesante. Pero enfoquémonos en la crónica, en el relato de la realidad que nos rodea, enfoquémonos en pensar cuántos docentes y padres de familia dedican su tiempo a defenderse y atacarse continuamente… ¿qué pasa con los mudos?, ¿qué hay con los que callan? Como gente, solemos acercarnos muchísimo a escuchar “la canción que nos ponen”, pero no a buscar lo que en realidad podría servirnos, gustarnos, atraernos, apasionarnos.

¡Silencio!
“¿Podría agregarle a mi nena en el grupo?, yo trabajo como enfermera”

El alboroto de las primeras semanas se ha ido calmando y permitiendo, de alguna manera, el desarrollo de las actividades académicas. Mi celular no ha parado de sonar a diario, desde el amanecer hasta que caigo rendido en mi cama, y entre todos los mensajes (que varían entre padres de familia, compañeros, autoridades institucionales, informes, estudiantes, y se extiende aún más la lista), uno que paralizó mi entorno, un mareo, un desaire, un frío, una tonelada, un silencio: profe, le cuento que mi abuelito falleció. Por la enorme ventana de mi habitación se veía exactamente lo mismo en la ciudad. Y luego el siguiente mensaje: «Departamento de acreditación. Comunicado Nº… Buenos días, estimados compañeros. Deseándoles que tengan un excelente día…»; llegaron más, en realidad variados, ese mismo minuto. El verdadero problema es que debía responderlos todos. Pero aun había silencio en las respuestas que daba de la forma más maquinal que exige la burocracia.

“Está enviado, muchas gracias”; “Un momento por favor, en seguida reviso su tarea”; “Es bueno saber que estos días esté comiendo con toda su familia, sé que lo está disfrutando mucho”; “Mi sentido pésame a su familia”; “Buenos días, conversaré con la profesora para que le dé una nueva fecha de presentación de su tarea”… Entonces noté que me convertía en un burócrata completo, una máquina excelente y afinada; al menos me sentía una máquina, pero parecía no percibirlo todavía.

«Tranquila, podemos hablar cuando desee. Siempre que un miembro de la familia se va, creemos que nadie nos entiende y nos hace parecer que estamos solos, pero…»

Fueron las primeras palabras que acerté a escribir. Al terminar el mensaje estaba apenas comprendiendo a lo que nos enfrentaríamos en todo este tiempo. Algo más por aprender en la docencia: dar tiempo para que mis estudiantes hablen hasta que sientan que es suficiente. Poco a poco, los docentes nos enteramos de otros casos similares (las similitudes que se pueda tener respecto al tema). Cada cierto tiempo vuelvo a sentir ese silencio apagándolo todo a mi alrededor y creando toda clase de escenarios en los que pueda vivir cada uno de mis estudiantes.

Los que hablan poco

Pero
Profe
Mi nena entregó el trabajo
Y la profe
No sé por qué
Le ha puesto 1

Se ha aplazado la cuarentena, se habla de reducción de sueldos, de que se hará descuentos en pensiones, de ser puntuales con las calificaciones y documentos, entre otras tantas suposiciones o noticias a las que les he perdido interés porque, de uno u otro modo, tendré que seguir con el trabajo que tanto me encanta. Uno de los mensajes me llamó la atención, no por su contenido, sino por el redactor; decía que las cargas de tareas no eran las adecuadas y que, al tener tres hijas estudiando, le resultaba difícil a la familia organizarse en casa. Luego de establecer horarios para el envío de agendas, plantear los formatos adecuados con los padres de familia y convenir en informar los casos puntuales en que podría darse inasistencias, algo quedó pendiente.

La asistencia de los estudiantes a las clases, lecciones y talleres es uno de los mayores avances que ha tenido la institución, sobre todo, porque se solucionó casi de inmediato.

Pero mi inquietud seguía ahí. Los mensajes de los padres de familia que pocas veces escriben tienen algo de especial: escriben cuando en realidad consideran que algo debería cambiar. Aun así, esta vez hay algo más: escriben poco los padres cuyas familias viven algo especial. Para aclararlo, es necesario que consideremos que existe un espectro visible completo. El blanco de “mi familia completa ahora se sienta a almorzar y conversamos de todo”; y el negro de “apenas puedo verle a mi mamá porque se tiene que quedar todo el día en el hospital” son solo dos de las representaciones de ese espectro visible del que se tiñe cada hogar.

Heredamos una idea muy convencional y sencilla de contraposiciones: blanco y negro, alto y bajo, luz y oscuridad, frío y caliente… bueno y malo. ¡Buenos y malos! Encapsulamos a las situaciones, a lo que vagamente llamaremos “cosas” y a las personas. A veces incluso perdemos el control cuando algo no cabe en esa percepción sencilla. Pero si nos alejamos un poco de las convenciones, observamos que cada hogar vive una realidad diferente, con discusiones, alegrías, saltos, canciones, oraciones, perdón, reiteraciones, abulias, tristezas, errores; rojos, verdes, blancos, morados, marrones, rosados, tomates, anaranjados, azules…

Multitudes

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Como es natural, poco a poco se ha ido estableciendo cambios, nos adaptamos. Pero es una adaptación abrupta, como un niño buscando la calma en medio de la oscuridad: espera que no haya más sombras o juegos de luces que se atraviesen por ningún lugar. Pero ya estamos viejos, somos testarudos, sabemos que hay muchas sombras más persiguiéndonos, y fingimos soportar. Y no son los cambios de estrategias pedagógicas, modelos cognitivos, procesos educativos lo que nos asusta. El mayor miedo se produce al ver un mensaje nuevo en el celular: ¿un familiar?, ¿un estudiante?, ¿una nueva reforma?, ¿nuevas protestas?, ¿alegrías, trabajo, tristezas?… ¿un réquiem más?

CRÓNICA “LA AUDACIA DEL INVISIBLE”
Autora: Lic. Marcela Berrezueta

(En honor a los que aún estamos y a los que ya no están)

De alguna manera la expedición en el interior por la atávica selva de emociones que cada ser humano ha experimentado, cuestionamientos infatigables al deseo de escapar, desde que el 30 de enero del 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la epidemia de covid-19 como una emergencia de salud pública de importancia mundial. En tiempo de pandemia las interpelaciones que me atraviesan a mí, estoy segura que te atraviesan a ti y a aquel. Creo que hemos regresado a la génesis de la Filosofía ¿Qué es la verdad? ¿Qué debo hacer? ¿Qué es la belleza? Preguntas que fueron planteadas hace tres mil años, hoy están más vigentes que nunca. Cuestionamientos que no tuvieron el afán de buscar respuestas, sino de crear estelas de posibilidades para que la humanidad vaya construyendo su historia y con ella heredando la cultura de generación en generación.

Considerando la primera pregunta genero la siguiente tensión ¿El poder está en lo invisible? o ¿Lo visible le dio el poder?, movilizo mi pensamiento hacia los caudales de escenas que observo cuando descansa mi frente tras la ventana de mi habitación. ¡Qué coincidencia! Mi vecina de la tercera edad con su blusa avejentada y amarilla, de brazos abiertos se sostiene en el travesaño de la ventana, tiene una actitud de incierta espera. Los niños del vecindario se encuentran ocupados en pintar, infinitos horizontes en sus hojas de papel, otros aprendiendo oficios del hogar y unos cuantos atrevidos salen a pasear con la bicicleta por la acera de su casa. Garbean en el espacio variadísimas formas de convivencia social, desde mi vecino con su nuevo emprendimiento en la confección de genuinos cubre bocas, hasta la vecina de la tienda y su blindaje de plástico en su vitrina.

Ni que decir cuando por algún motivo importantísimo emprendo mi caminata hacia la ciudad. Los exigentes protocolos de salida, me hacen sentir como que estuviera yendo a librar la mejor de mis batallas. He tenido que cambiar mi vestido y mis tacones, por una armadura que con el pasar del tiempo ya se hace familiar. Mientras preparo mi salida frente al espejo, escucho constantemente una voz recordándome “menos es más”. Entonces ni ligero maquillaje, ni cartera, ni celular. Cuando cierro la puerta, de manera paralela elevo mi plegaria de protección. En el trayecto deseo que nadie me encuentre, que nadie se apegue, todo me parece una amenaza. Empero que ironía los otros también se alejan de mí, guardan su distancia, soy también una amenaza. Paulatinamente el miedo quiere invadir mi ser. Las fuerzas de mi interior inquietas se revuelven y se preguntan ¿Miedo a qué? ¿En dónde estás? ¿Qué sois o quién sois? ¿Hasta cuándo te quedas? respiro y vuelvo a la calma, aunque cuando voy llegando de vuelta a casa, en la entrada me esperan todos los insumos de desinfección, y la travesía no termina allí, aún queda esperar 14 días para saber si el desconocido entró conmigo al hogar.

Considerando la segunda pregunta ¿La vida nos está dando la oportunidad para repensarnos como mejores seres humanos? o ¿Los seres humanos estamos dando la posibilidad de repensar una mejor vida? El diseño de lo uno o de lo otro me conduce a la cita con las fibras más sutiles de mi ser. La cita es conmigo misma. En mi introspección lo invisible genera movimiento, mi mente en momentos me traiciona y me conduce de la mano a crear quimeras con cielos de nubes grises y noches oscuras con ruidos extraños. Los latidos de mi corazón se aceleran y quieren ahogarme en la nostalgia por abrazar a mis hijos, a mi madre, a mis próximos. Nostalgia de un mundo que estaba acostumbrada a habitarlo y ya no está, se ha marchado. Entonces suelto mi mano y me agarro de mi responsabilidad vital que se convierte en el derrotero para saber qué hacer, cómo actuar, qué sentir, cómo expresar desde mi confinamiento.

Los micro ambientes divagan por la infraestructura de mi casa, se encuentran confundidos los espacios del tele-trabajo y las responsabilidades culinarias. El tiempo y el espacio parecen haber marcado nuevos mapas en mi existencia. En el que se dibujan nuevos límites entre estar despierta y dormida, entre el trabajo y el descanso, incluso entre el día y la noche. Ni que hablar cuando la inteligencia artificial me recuerda que tengo un encuentro virtual sincrónico con mis estudiantes. Mis sentidos se ponen en clave de alerta y de urgencia. Dependo de una micro pantalla para traer a mí el universo de mis estudiantes. Un encuentro con el que complementamos nuestra perplejidad y empezamos a navegar las infinitas posibilidades de la incertidumbre. Cliqueo el botón verde que me indica iniciar la reunión, el Quijote me posee y sin comprender aún del todo el nuevo sistema educativo y su modalidad virtual, intento entrar por la hendija de la esperanza en el navegar cibernético.

Considerando la tercera pregunta ¿La vida se ha vuelto encantada? o ¿Se perdió el encanto de la vida? Poner en blanco y negro mis pensamientos hoy por hoy, no es lo mismo que los hubiese colocado los primeros días que inicié mi confinamiento, que por cierto fue el 17 de marzo. Contemplo entonces las capillas cerradas, el sonar de las campanas parece haberse “quedado en casa”, los comisariatos a medio atender en el marco de una bioseguridad exigente, las calles en el disfrute pleno de su soledad. Esta nueva normal me muestra distintos horizontes y la belleza de mi existencia toma otros matices. Descubro lo invisible, me acompaño de la esperanza, entablo extendidas pláticas con la madre naturaleza, me siento a tomar un café con Dios Todopoderoso, es cuando experimento mi fuerza interior y la audacia de lo invisible se vuelve mi fe, mi maestro, mi plegaria. Activo mi autoconfianza y vivo, amo, agradezco y soy feliz, aquí y ahora.

“Cuando la humanidad se detuvo”

“El mundo se enfrenta a la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial”, “La humanidad no está preparada para este virus”, “Científicos dicen que el virus podría vivir en el aire”. Así luce el panorama hoy 25 de abril del 2020. Creo que lo mejor será levantarme y desayunar. Sin embargo, el sabor del café no sabe igual, sabe a miedo, a nervios, a incertidumbre. Aunque el virus ha cobrado miles de vidas alrededor del mundo, en Ecuador mi país, el panorama es mucho peor y según los entendidos se estima que la cifra de contagiados así como la de fallecidos aumente de forma alarmante en los próximos días. Las redes sociales también forman parte de este escenario y muestran de forma gráfica el drama de lo que se vive a diario, al parecer estos medios intentan decir lo que a veces se esconde, lo que no queremos ver pero que está allí y nos recuerda lo frágiles que somos. De pronto y sin previo aviso quedan prohibido las reuniones, las celebraciones, las visitas familiares, los abrazos y los besos. Grandes ciudades alrededor del mundo amanecen y se duermen desiertas y en un abrir y cerrar de ojos la pandemia nos aísla dentro de nuestros hogares, después de todo parece ser el mejor lugar para afrontar la situación. Mientras tanto, cines, teatros, museos y estadios cierran sus puertas con el objetivo de evitar las aglomeraciones. Podemos salir de compras, claro solo uno por familia guardando la distancia del resto y sin olvidar tú desinfectante y mascarilla, todo un desafío. El distanciamiento social pasa a ser la clave para vencer al enemigo y la frase de “quédate en casa” se convierte en el nuevo grito de guerra de la humanidad, pues no importa la clase social, la religión o la raza, el virus no discrimina y aunque suene paradójico estando lejos nos cuidamos el uno al otro. La economía de los países se cae a pedazos ante la inminente aplicación de medidas de hacinamiento lo cual implica el cierre de millones de negocios alrededor del mundo. En nuestra región, donde la mayor parte de su población trabaja de manera informal los efectos son más devastadores y dejan al descubierto las verdaderas desigualdades sociales las que siempre estaban allí pero no las queríamos ver. La vida que conocíamos, a la que estábamos acostumbrados cada vez se aleja más y la ficción supera a la realidad. Rápidamente médicos, policías, enfermeros, barrenderos, periodistas, agricultores se convierte en nuestros nuevos héroes enfrentando en primera línea esta dura guerra, muchos de ellos caen pues el virus les ganó la batalla y por fin entendemos el valor de su trabajo.

Aprendemos a vivir sin fútbol, los centros comerciales se convierten en monumentos de cemento, los cuales nos recuerda que sin salud el dinero no vale nada. De nuevo la frase “quédate en casa” aparece en todos los medios, pero no todos podemos hacerlo, a pesar de que libramos la misma batalla las condiciones, las realidades, los escenarios son diferentes, la gente que vive de su trabajo diario sufre un drama aparte. En cuestión de días ciertos comportamientos han cambiado, de pronto nos hemos convertido en científicos, políticos, analistas económicos tratando de encontrar culpables de esta situación sin tomar en cuenta que todos somos parte del problema y por ende tenemos la responsabilidad y el deber de modificar conductas que nos han venido afectando como sociedad y sobre todo que han provocado daño a nuestro planeta. Por otro lado, este virus nos enseña a ver la vida de otra manera, nos enseña a valorar cosas tan simples y a la vez tan espectaculares como una mañana soleada o una noche estrellada, un café con un amigo o la visita a la casa de la abuela cosas así, cosas que no tienen un valor económico pero que nos llenan el alma. De pronto dejamos de vivir de prisa y este virus nos hace tomar una pausa para reflexionar sobre nuestra conducta. En una sociedad cada vez más unida por la tecnología pero cada vez más alejada de los valores, este virus nos da la oportunidad de analizar y reflexionar sobre lo que hemos estado haciendo y aunque parezca extraño nos une como sociedad. De repente, todos los miembros del hogar se reencuentran a la hora del almuerzo esta vez sin apuros, también hay tiempo para conversar, para contar un cuento, o para leer un libro. Resulta difícil creer que una enfermedad está reforzando el sentido de pertenencia de cada uno de nosotros. De igual manera, muestras de solidaridad al rededor del mundo no se hacen esperar y es que esta batalla depende de cada uno de nosotros y la empatía parece ser la clave. Poco a poco nos damos cuenta que mi bienestar no solo depende de mi si no de los demás.

En contraste, durante nuestra ausencia la naturaleza parece respirar y aliviarse al menos por un momento. Poco a poco el aire se vuelve más fresco, los ríos y mares parecen estar más cristalinos y los animales empiezan a salir de sus refugios sin temor alguno. Bajo este contexto sería importante preguntarnos qué papel desempeñamos en el planeta y si de verdad somos conscientes de la importancia del medio ambiente. Quizá lo único que quería nuestro planeta es recuperar su salud. En fin, a la espera de una vacuna que seguramente pronto llegará, la pandemia de este virus marcará un antes y un después. Las crisis siempre han existido y existirán a lo largo de nuestra historia pero hay que verlas como una oportunidad de crecimiento individual y colectivo; emocional y espiritual. Simplemente no volveremos a ser los mismos pues la verdadera crisis que sufre la humanidad va más allá de los síntomas asociados a esta pandemia, se vuelve urgente entonces un cambio de mentalidad a nivel global para recuperar no solo la salud física si no también la salud del alma que tanta falta nos hace.

DESDE LA OTRA ORILLA

Hay un río cuyas aguas están contaminadas de dolor, angustia, tristeza, duelo, espanto, inseguridad, miedo, pánico, desasosiego, abandono, podredumbre, corrupción y llanto. Algunos están de una orilla viviendo de cerca todo ese cúmulo de sufrimiento. Ven en esas aguas flotar los cuerpos de sus seres queridos y a quienes no pudieron despedir, ven sus sueños de superación hundirse en el fondo, sienten que su vida corre en esas aguas podridas. Los de esa orilla buscan con sus ojos desorientados una luz, alzan sus manos y piden ayuda. En medio de tanto alboroto nadie escucha, nadie ayuda; o tal vez, parece eso. Se dice que hay más dolor del que se escucha, del que se dice en las noticias.

Yo estoy del otro lado de la orilla, desde ahí escribo. No siento ese dolor en carne propia, no logro imaginar ese dolor, no concibo imaginar el cómo dejar un cadáver en la calle como basura (entiendo que es la desesperación). Hoy por redes sociales, vi un ataúd flotar en un estero. No concibo tanta soledad, miseria. Ni siquiera puedo expresar todo ese horror que deben sentir. Soy bendecida y estoy en la otra orilla, no tan lejana de la pandemia; pero la vivo de otra manera. La vivo de la manera menos dolorosa y sufrida, pero desde ya siento cargar una gran deuda.

Más allá de las adversidades de estos días nefastos, dolorosos, llenos de mentiras y muerte; decido ver las oportunidades. Muchas veces quise quedarme en casa y cumplir con cúmulo de pendientes, realizar mis proyectos, renovar aspectos de mi casa, pasar más tiempo de calidad con mi hijo, llamar a las personas que las tenía rezagadas, tiempo para dormir, ver televisión, bordar, leer y escribir a mis anchas; sin horarios, ni fechas.

Soy docente y madre. Amo la lectura y la escritura. Me gusta decorar, hacer manualidades. En estas tres semanas, cumplo las normas solicitadas para contrarrestar a este mal intangible que nos tiene atemorizados. Evito, a toda costa, saber de las malas noticias (por salud mental); no obstante, conozco que afuera hay dolor y mucha tristeza. Sé que hay millón de seres humanos ayudando de todas las maneras visibles e invisibles, pero también que hay sinvergüenzas que les interesan sus bolsillos. Me han contado de cadáveres dejados como basura en las esquinas. No logro imaginar el desconsuelo de los familiares que se ven obligados a dejarlos, ahí, como cualquier cosa.

Olvido el alboroto de cada día: salir corriendo de casa, llegar al trabajo, la comida, las tareas, el tránsito, la moda, el maquillaje, las marcas, la apariencia. En casa, me despojo de todo aquello que me mostraba distinta. En casa, desnuda (y no necesariamente de prendas), me he visto a mí misma: sin posturas que la sociedad trata de imponer, con las ojeras de mis mentiras, con las cicatrices de mis fracasos y con la sonrisa de ilusión.

En casa disfruto de mi café a cada sorbo, lo he tomado a paso tortuga. Arreglo mis plantas: aprecio sus colores, sus formas, sus raíces. Tengo una mascota, a quien le abría la puerta, la acariciaba y punto. Ahora, estimo más su vida, su mirada tierna. Juego con ella, le peino, le canto y hasta hemos dormido juntas.

Di un nuevo toque a mi casa, moví cosas, eliminé las que no necesito y puede servir a alguien más. Clasifico mis libros, bordo un cuadro de un paisaje egipcio. Juego con muñecas y carros.

Pero lo que más amo de este tiempo, es el compartir con mi hijo. Un niño de cuatro años que no entiende la magnitud de la situación, pero que colabora en cada momento. Utilizo este tiempo valioso para reforzar aspectos que él ha aprendido en la escuela. Aprovecho el tiempo de la comida para dialogar, para escuchar y agradecer por lo que tenemos. Gozo de su sonrisa y su coquetería; río de sus ocurrencias. Pintamos, vemos películas. A través de los juegos identifico sus fortalezas y debilidades. Tiempo oportuno para no culpar a la escuela, ni a las amistades, ni a la sociedad por las acciones de los hijos. Tiempo para fomentar valores: empatía, solidaridad, tolerancia, respeto. Los valores se aprenden en casa y, también, se aplican fuera de ella. Después de este tiempo, nuestros hijos deben ofrecer a la sociedad, ciudadanos capaces de mejorar el mundo. Deben salir de casa entendiendo que ha sido un privilegio haber tenido un techo, comida y amor.

Como docente extraño a los adolescentes. A ellos no los he saturado de tareas. Pienso en aquellos que no tienen para comer. Seguramente, no piensan en tareas. ¿Qué estarán viviendo, sintiendo? No estoy con ellos para escucharlos, retarlos. ¡Los extraño!

Existe un ser especial que amo y extraño. Lo veo por fotos y videos. La distancia ha sido corta y el amor ha crecido. He aprendido a amarlo en estas circunstancias con la misma fuerza como si estuviese presente. Me ato a su optimismo.

Aún no me agobio, ni me estreso, ni me desespero. Agradezco cada mañana y dispongo mi mente a tener un excelente día. Contagio a los míos de esa energía y trazamos breves metas para cumplir en el día.

Que este virus sea importante por todo lo que nos está quitando, pero también, por todo lo que nos está dando. Estamos en casa, tenemos tiempo para hacer todo lo que hemos ido postergando. Nos está dando tiempo para compartir, ser serenos, aplicar la empatía, la solidaridad, el amor.

Depende, de cada uno de nosotros de cómo vivamos esta época. Al fin y al cabo, estamos vivos y debemos vivir a plenitud. Pero al estar al otro lado, bendecida, tengo una deuda social con mi país y el mundo. Al salir de mi hogar y retornar a una relativa tranquilidad y normalidad, debo ofrecer al mundo una ciudadana mejor, con ganas de trabajar el tiempo que sea necesario, ayudar al prójimo, dar a la sociedad un hijo menos competitivo y más solidario y empático.

El agradecimiento en tiempos de cuarentena

Era un jueves que parecía viernes. Estaba en la sala de profesores cuando una compañera entró, parecía emocionada al compartir el video de la Ministra de Educación quien daba la noticia de la suspensión de clases por la amenaza del coronavirus en el país.

Quedé absorta viendo y escuchando aquella noticia. Había que suspender las clases. Hace días que retumbaba en el ambiente la noticia sobre el virus que nos acechaba, los estudiantes bromeaban al respecto. Desde hace ya tiempo que me conectaba solo con información positiva. Un día decidí no ver más más noticias de mi tierra y de toda esa carga de amargura. Una mala noticia aquí en Ecuador, en el mundo entero. ¿De qué estaba huyendo entonces? -pensaba-.

Hace rato que había aprendido a llenar mis días del disfrute de las cosas sencillas y del agradecimiento diario. Disfrutaba mis mañanas. Ese mismo día, unas cuatro horas antes. Una caminata a la escuela, bien abrigada. Bajaba las escaleras eternas que me llevaban a la avenida de Las Américas. En cada escalón agradecía por algo o alguien. Caía una flor de un árbol con flores color violeta y sonreía al verla caer frente a mis pies como adornando mi camino. Pasaba frente a dos balcones que se avistaban a mi izquierda, con la misma estructura, lo distinto era en el orden de uno de ellos. Uno, imponente, con plantas en macetas que decoraban alardeando sin pudor alguno al lado de aquel, que estaba lleno de trastes, ropa mal colgada desordenada por el viento juguetón de la noche. Cada día al verlos me parecía una alegoría a las diferencias de actitudes ante la vida. Todos los días los miraba y pensaba lo mismo, al final tenía el pensamiento recurrente, quizás un día me sorprenda el balcón con escaramuza y lo embellezcan para igualarse con el de al lado. Eso me sacaba una sonrisa y seguía mi camino a la escuela.

Ese jueves que parecía viernes, volvía a casa de la escuela, no había a quien contarle. No podía llenarme de miedo, había diligencias por hacer. De inmediato me enfoqué en organizar lo pendiente, me llené de entusiasmo y valentía, emprendí mi viaje hacia Azogues en búsqueda de lo que anhelaba hace tiempo. Tenía todos los requisitos para la visa de residente. Oré durante el trayecto en el bus, agradecí todo lo vivido hasta ese momento. Al llegar al terminal de Azogues me sorprendió una joven con tapabocas, guantes que interceptaba a las personas para tomarle la temperatura. Delante de mí un señor se negó rotundamente y pasó sin mediar palabra alguna. Aquella actitud, me hizo parar. Me pidió mis datos, tomó mi temperatura y sugirió que me cuidara del covid 19. Solo le agradecí, estaba haciendo su trabajo, aunque la manera como abordaba a las personas no dejaba de intimidar.

El taxista con quien hice mi diligencia también comentó del covid 19. Mis pensamientos se inundaban de miedo, a la vez mi consciencia me decía que debía seguir adelante. Esa tarde no pude concretar mi trámite. Lo hice el siguiente día. Ese viernes, volví a la escuela se veía desolada sin los niños, solo estábamos los docentes. Me topé con la rectora, me dio la bienvenida al país haciendo alusión que ya era residente legal. Un sentimiento de agradecimiento me llenó ¡solicité mi Visa de residente!

Ese fin de semana pasó igual que todos. Fue el día lunes cuando noté el gran cambio abrupto, los mensajes de estudiantes, padres, docentes no cesaban. Mi familia dispersa por el mundo ha hecho un grupo para estar pendientes de todos. Las noticias de alerta desbordaban las redes. Estamos en cuarentena, como en la época de la peste. Nos organizamos en la familia. Como emigrantes teníamos sentimientos encontrados. Pensábamos si volver a Venezuela. No hay manera de salir, debemos esperar. Mi hija sorprendida me dice que siguen las clases en su universidad y nos recuerda que a eso vinimos, a que terminaran de estudiar.

Por momentos me invadían sentimientos de tristeza; el poder del agradecimiento que ya venía practicando me llenaba de aire fresco. Cada semana debía reportar en una bitácora el trabajo realizado. Agradezco por el internet y todo lo que puedo ver. Hay mucha información sobre lo que pasa, hay quienes dicen que debemos despertar como humanidad. Otros que ha sido premeditado, el corazón se me arruga al pensar que tantas muertes pudieron haber sido maquinadas, maquiavélica hipótesis ¿miseria humana?

Semana 1, 2, 3. Los días pasan entre clases virtuales, reuniones, bitácoras, algo nuevo que aprender, conversaciones familiares para protocolo de seguridad, economía, oración, meditación y siempre el agradecimiento. Agradecer por abrir los ojos, por tener un lecho para descansar la espalda después de tantas horas frente al computador, agradecer por la comida, el agua, el internet, por ver al vecino sano. Semanas 4, 5, 6, agradecía por un mensaje de un amigo del cual tenía años sin saber de él. Ese: ¿Estás bien? Frase que calienta el alma. “El Dios te bendiga” a través de un mensaje, me sirve de aliciente saber que mis padres pese a las penurias del país, están bien, ese pensamiento me adormece cual anestesia para el álgido dolor de destierro, distancia, ausencia.

Semanas 7, 8, 9; las sonrisas de mis hijos, recibir de ellos un café, mientras me hundo en el trabajo se convierte en mi recreo entre muchas ocupaciones en clases, las compras, organización de la casa para cuidarnos todos. El agradecimiento se ha convertido en un sentimiento protagonista en mis días, es alimento cuando el agobio de ausencia me invade. Es lo que me hace sonreír al valorar un mensaje tierno de algún estudiante para entregar el deber con la frase: le extraño. Agradezco escribir porque de mi alma brota la más pura certeza que después de todo esto debemos ser mejores humanos.

Estamos en la semana 10 según mi bitácora, nunca me llegó el correo de la visa electrónica, igual agradezco que sigo aquí y estoy escribiendo…

El sueño

Anoche soñé, que soñaba, que la parca viajera llegaba y no importaba: raza, color, religión, edad ni género; llegaba muy elegante del brazo de un rey coronado, y cual turistas se paseaban e iban dejando tras ellos un mundo de distopía: fosas llenas de huesos, de corazones, de recuerdos, de rostros sin rastros, de ojos fijos vaciados; cuerpos inertes por doquier; gente con su último aliento suplicando un respirador; olor a cloro y amoniaco inundando las ciudades. ¡Me invade entonces la angustia! intento despertar, pero la oscuridad de la noche me envuelve, me ata, me oprime. Grito en silencio…cuerpo sin voz. Me veo ahí, en mi habitación, en mi cama, en mi sueño, mirando impávida que la muerte está en todos lados: en los colchones, en los catres, en las camillas y en las camas de los nobles; en los suburbios, en los barrios y residencias de los señores. Y ahí están ellos, ¡Los veo! Juntos se divierten eligiendo a quienes darán el sueño eterno. Juntos recorren el mundo entero. Su majestad no habla, sin embargo, su sola presencia cierra las fronteras, mientras la engalanada señora, a diestra y siniestra corta los lazos de vida. ¡Me desespero! Quiero mis ojos abrir, pero el sopor me absorbe. Siento el respirar de la parca… ¡está tan cerca! El hielo punzante del miedo recorre por mi espalda e inunda todos mis sentidos.

Y ahí está él decretando, en absoluto mutismo, que los padres por los hijos sean olvidados; que los abuelos no acaricien a sus nietos, que los enamorados ya no puedan darse abrazos y que a los amantes furtivos solo les quede el tacto en la memoria. ¡Intento moverme! Manos invisibles me sujetan fuertemente y me detienen. ¡Intento gritar! Pero… el silencio del coronado ahoga los gritos en mi garganta. Una vez más, el Monarca del momento, sin decir palabra alguna, nos sentencia a ser prisioneros en nuestra casa por toda la eternidad. ¡Intento despertar! mi cuerpo no responde. Él, se acerca lentamente, el terror corre por mis venas, ¡veo su rostro! ¡veo en sus ojos la mirada de la muerte! No tiene boca, pero puedo escuchar claramente lo que me susurra: -si me desafías no tendrás derecho a despedirte- Las piernas se debilitan, mi cuerpo desfallece. Se aleja poco a poco… Mientras la dama elegante ríe estrepitosamente.

Un rayo de luz penetra por la ventana, despierto, el sudor baña todo mi cuerpo, respiro, sonrió y exclamo: ¡solo era un sueño! Ahora, me encuentro mirando las paredes, con un cofre de cenizas en la mesa y señalando un calendario perplejo de días repetidos. Sigo escuchando las carcajadas de la muerte.

ENTREABIERTO
Autores: Leandro Amaya Trelles y Diego Fernández Olivo

Hubei en Wuhan, China, se convirtió en el epicentro de un brote de neumonía creando un caos en todo el mundo a partir de su aparición, según los expertos el origen de este síndrome respiratorio se originó en un mercado donde venden todo tipo de animales exóticos, el desarrollo económico de algunas de la regiones ubicadas en el sur de China, llevó a una demanda alta en proteínas de animales exóticos sin considerar los protocolos de bioseguridad, por tanto, ha permitido que los virus se transmite de animales a humanos, uno de los posibles huéspedes de dicho síndrome podría ser el pangolín, siendo este el mamífero que más se trafica ilegalmente y que se utiliza como alimento y en medicina tradicional china. Según Infobae (2020) “El comercio de esta especie está totalmente prohibido desde 2016 por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres”

También, Steel Tanya (2018) ejecutiva de WWF asegura que “Somos la primera generación que es consciente de que estamos destrozando el planeta y la última que puede hacer algo al respecto” La vida animal salvaje se ha reducido en un setenta por ciento en tan solo cuarenta años, más de cuatrocientas especies entre aves, mamíferos, anfibios y reptiles han desaparecido, elevando mil veces más el promedio hasta antes que el humano sea determinante en el ecosistema animal.

El ser humano está íntimamente ligado en la depredación de los animales desde tiempos inmemorables, considerándolos como fuente de alimento, materia prima para la confección de ropa y accesorios, medios de transporte, entre otros. A partir de la revolución industrial se produjo un giro en el sistema productivo humano, dando paso a la segunda revolución agrícola, los campos y animales comenzaron a ser más productivos gracias a los fertilizantes artificiales, barcos, aviones, frigoríficos han hecho posible almacenar grandes cantidades de productos, gracias a todo ello, los europeos pueden comer carne de res argentina y sushi japonés.

En cierta medida parece que la Tierra es un terreno muy pequeño para cohabitar estas dos especies, pues a lo largo de la historia se ha visto que el uno es depredador del otro; por siglos ha estado perdiendo la batalla los animales. Pero, además, de una brutal guerra por el dominio del territorio global, los animales han sido confinados, sacados de sus lugares nativos y llevados a lugares extraños con diferentes fines, desde el comercio hasta la decoración de un hogar o suplir la ausencia de cariño de una persona. Y es que los animales han sido confinados a estar encerrados, se han convertido en un producto de consumo masivo, en otras palabras, el encierro para el animal se convirtió en negocio.

Actualmente los animales son producidos en masa en diversas instalaciones que parecen fábricas. Pasan toda su vida en función del beneficio o pérdida de las empresas, cuando estas factorías los mantienen vivos saludables y bien alimentados no existe el interés intrínseco por sus necesidades sociales ni psicológicas. Las gallinas tienen un mundo complejo de necesidades por explorar su entorno, pero la industria productora de huevos las encierra en espacios minúsculos con un solo objetivo: la producción. Los cerdos son considerados una de las especies más inteligentes, pero son encerradas en cajas pequeñas día y noche durante cuatro semanas después de parir para una próxima camada. Ver perros amarrados en los patios, gatos en balcones, pajarillos en jaulas, peces en sus peceras es algo cotidiano, incluso, los zoológicos se han convertido en parte de nuestra realidad.

(…) el comercio de esclavos en el Atlántico no fue resultado del odio hacia los africanos, tampoco la moderna industria animal está motivada por la animosidad. De nuevo es impulsada por la indiferencia. La mayoría de las personas que producen y consumen huevos, leche y carne rara vez se detienen a pensar en la suerte de las gallinas, vacas y cerdos cuya carne y emisiones nos comemos. (Harari, 2011, p.377)

La psicología evolutiva sostiene sobre las necesidades sociales y emocionales de los animales de granja y como ellos han ido evolucionando de acuerdo con su naturaleza, como debían comportarse para poder sobrevivir y reproducirse. La gran mayoría de animales deben generar relaciones estrechas entre sí para poder sobrevivir al igual que los humanos, de la misma manera, crear vínculos con la madre, cuya leche y cuidado son esenciales e indispensables para su supervivencia.

Al igual que los animales, en la actualidad, estamos destinados a encerrarnos con el fin de precautelar la vida de los nuestros, cada uno con distinta suerte unos en sus mansiones con canchas, piscinas y una serie de lujos, mientras que otros, en pequeñas cajas limitados a su realidad. Preservar la vida de la especie humana es el único objetivo hoy en día, incluso sin darnos cuenta de los contrastes en las diferentes especies.

Lo paradójico de esta situación es que en la reflexión del encierro, que se dio en medio de una pandemia, abordó la empatía con el animal aprisionado, y a su vez, provocó una catarsis (identificación) en la persona. Nunca en la historia de esta generación hubo tal empatía con los productos de consumo masivo a los cuales conocemos como animales ni mayor reflexión sobre nuestra existencia.

Referencia Bibliográfica
Infobae. El principal sospechoso: qué animal es portador de un tipo de coronavirus muy similar al del Covid-19. (marzo de 2020).
Harari, Y. (2011). De animales a dioses. DEBATE.

Génesis
Autor: Raúl Ortiz Bravo

Una
Diez
Mil millones
La magia celular
inicio del viaje esotérico
Nace
Crece
Se reproduce (si tiene oportunidad)
Muere
nueve meses de gestación
bienvenido sea al retorno
desnudo impotente y calvo
la asimilación de saberes hará su magia
Una
Diez
Mil millones de veces
Iniciará la muerte.

I
El exitoso nacimiento
debía ser condenado por la pulmonía,
enfermedad de los pobres
de quienes nacemos sin el manto
de la suerte
sin el manto de la noche
quienes nacemos a la hora
en que muere Jesús

II
Brindo por los desgraciados
que olvidaron
por los que en medio de su miseria
carecieron de un libro que los alejara
de su minúsculo rincón,
agujero negro
título de lumpen grabado en la frente
niños cantores de buses
adictos al cemento de contacto
¡Salud!

III
Soñar es el único recurso de los niños solitarios
viajan en los mundos más hermosos
sabedores de la volatilidad de esas horas de inconsciencia
amargos sabores de la madrugada:
el terror nocturno causa que aparezca el sonámbulo
espíritu noctívago
desafiante del miedo
son el mismo miedo
¿Qué pasa alrededor
mamá
por qué tu hijo es triste?

III
Saber que hay dolores más fuertes
que se incrustan a diario
padecer el dolor de la madre es más doloroso aún
donde está el dios que ella profesa
nunca lo he sentido y sin embargo
por verla feliz
con tal de no cargarle el sufrimiento
de saber que el hijo esta desprovisto
de alguna fe,
de creer que yerra entre los pasillos
del pagano mundo de la amistad.

IV
Madre, conocí de cerca tu llanto
no te guardo rencor
no eras consciente de que yo no era
un niño normal,
un cometierra
por eso mi llanto lo reservaba
para mi mismo
como la ira

V
Un día soñé con mi futuro
y estaba sentado escribiendo estas líneas
para poder imaginar que corría
entre el ramaje espeso
buscando una ninfa
que se mató
por sufrir tanto
desde árbol de la desesperación
Gracias
por mostrarme el árbol
contrario
de la vida.

VI
que joda con la vida
nacemos con hermanos
que nunca podrán/querrán
comprender
pero en el camino
nos hermanamos
los reencontramos
a ellos
a quienes debieron tener nuestra sangre
y hacemos un pacto
y la complicidad nos une
hasta que debemos ser de nuevo otros extraños

INSTRUCCIONES
Autoras: Andrea Duerto y Kelly Navarro

Repetía incesantemente:

—Cubre tu boca y tu nariz con esmero. Sal a la calle. Camina. No saludes, que no se acerquen — comienza a numerar con sus dedos, levanta la mirada al techo y su voz tenue aparece—. No abraces. No beses. No intimes. Regresa a…

Un grito interrumpe su concentración, así que retoma:

— Regresa a casa. Lávate las manos con frenesí. Limpia. Desinfecta todo, no eres inmune. ¡Aire impoluto! — Rememora —. No sientas miedo. No huyas. Debes…

De repente escucha el llanto de un bebé, gritos, gritos que le aturden desde el otro lado de su pared. La interrupción lo desconcentra.

Quiere enfocarse. Está un poco alterado, así que cierra los ojos intensamente y repite con obstinación:

— Cubre tu boca y tu nariz con esmero. Sal a la…

Otra vez los gritos del bebé. Las paredes son muy delgadas. Se tapa los oídos, intenta bloquear el sonido y empieza nuevamente:

— Cubre tu boca y tu nariz con esmero. Sal a la calle. Camina. No saludes, que no se acerquen — el ruido persiste y acelera el ritmo de sus palabras—. No abraces. No beses. No intimes— lo recita cada vez más rápido —. Regresa a casa. Lávate las manos con frenesí. Limpia. Desinfecta…

No puede, se desespera y se detiene.

Intenta calmarse. Busca un punto fijo, pero se da cuenta que hay una invasora en su sala: una mosca. La observa detenidamente, la sigue con la mirada. Contempla su capacidad de trasladarse de una superficie a otra. Se asombra al ver sus delicados movimientos. Se enternece por ella y quiere darle libertad. Así que se acerca a su pequeña ventana y la abre cuidadosamente porque no quiere que ni una ráfaga de aire inunde su hogar. Intenta comunicarse mentalmente con la mosca para convencerla de que salga, que disfrute de un horizonte ilimitado. Mientras tiene esta idea en la mente, poco a poco se tranquiliza a pesar de que el ruido no ha cesado. Está concentrado. Intenta proteger el trayecto de, ahora, su invitada. Entonces, sin un desplazamiento brusco, la mosca abandona la habitación.

Observa la distancia que alcanza en cuestión de segundos, medita y envidia su privilegio de salir sin restricciones. Él quiere lo mismo, para eso se prepara.

Revisa nuevamente su libreta, lee en voz baja las instrucciones. Ahora sí, se las sabe de memoria. Quiere comprobarlo y empieza nuevamente:

— Cubre tu boca y tu nariz con esmero. Sal a la calle —ignora su escandaloso contexto—. Camina. No saludes, que no se acerquen. No abraces. No beses— resiste, tiene motivación y un propósito—. No intimes. Regresa a casa. Lávate las manos con frenesí. Limpia. Desinfecta todo— se presiona y unas gotas de sudor aparecen en sus sienes —, no eres inmune. ¡Aire impoluto! No sientas miedo. No… no… — no recuerda el siguiente enunciado de su lista, cierra los ojos, sabe cómo inicia—… no…— no puede, se inquieta, cierra sus puños, su rostro se enrojece —… no…

El bebé de al lado sigue bramando, sus padres gritan, no saben cómo calmarlo. No sabe qué hacer. Está enloqueciendo, está muy nervioso y se quiebra.

Va directo a su velador, saca un arma, se dirige al departamento de al lado, golpea la puerta, le abren, entra deliberadamente, dispara a la fuente de su ansiedad, se retira y regresa a su inmaculado hogar, se sienta en su mueble de microfibra y respira hondo. Ahora, solamente fantasea con el apacible vuelo de su amiga mosca. Eso le había ayudado a retomar su concentración.

La casa

La casa está habitada por seres sin sombra
La abuela descansa dentro del hueso del cerebro
Abro la cortina de arena
Y miro el afuera; su quietud me lastima

Adentro de la casa
Las piedras sollozan
Sobre el párpado de luz

La abuela abre su boca y trae
Una música en ausencia
Los hombres se arrojan contra el espejo en trizas
Adentro,
El recuerdo dormita sobre la carne herida
La lluvia huye de mi cuerpo
Afuera,
La muerte se columpia en la doliente pesadilla
La casa se estremece en la palabra agónica de la noche
Los dados resuellan sobre la mano de un dios mendigo.

Adentro,
El cráneo de la infancia levanta su copa y brinda con su espejo

La abuela ríe
Sus dientes están gastados
Del techo pende su ojo herido,
Baila sobre el hedor de los desollados
Una partitura de luna inicia aquella música en ausencia.
La familia permanece en el sueño.

Mi infancia finge ser un eco
El presente es un cuerpo sin herida

La muerte observa a aquel animal que se lame su cráneo

Permanezco en el silencio
Parpadeo mi rostro en el silencio
Cierro la cortina de arena
La abuela me mira y duerme.
La lluvia juega con la mirada escondida
Salta como un niño torpe por sobre las alas de un ángel
Dibuja una rayuela
Adentro,
La casa escucha una música ciega.

La parca

En qué puede pensar una profesora de Lenguaje y Literatura cuando una nube de incertidumbre cubre la espesura de la vida. Un día, de pronto, indican que debo comunicar a mis estudiantes: “abandonen las aulas”, “llévense todo”, “ dejen los casilleros vacíos”.

Así lo hago y me cuelo en la incertidumbre de la narración periodística que comentará con un mensaje ambiguo: “debemos aguardar en casa, el encierro, en estos casos, es lo mejor”. La noticia retumba en mis oídos y sin la mayor claridad obedezco a la frase imperativa de forma autómata.

Entonces,todo se vuelve lento y equívoco. Los días de confinamiento pasarán y a su tinte gris, frío y reseco lo acompañará el sustantivo muerte, cada vez que enciendo la radio o el televisor me llegará el mensaje de los nuevos decesos, del invisible enemigo que se alimenta del oxígeno posado en algún pulmón humano. Y estos eventos serán el desencadenante de mi infidelidad: el insomnio dormirá junto a mí y mi rostro será testigo de su compañía.

Cada mañana recuerdo, las aulas, las risas, los gestos quinésicos y proxémicos de la maravillosa flor jovial. Añoro ver a los ojos misteriosos y bailarines, las piernas largas, la bulla, sentir el regocijo. Nostálgica pienso en la inocente rebeldía, en la sonrisa profana e inquieta. Ahora, el panorama es lúgubre, el aliento frío de la muerte recorre mis elucubraciones, en ocasiones me invade, me paraliza, temo por los míos, también los rememoro.

Sacudo mi cabeza, soy conciente que la vida no ha parado, que el distanciamiento social promete una nueva, una distinta, anclada a la web, a la red, al gigantesco orificio de la realidad virtual y preparo el espacio en donde enseñaré, la pantalla Power Point, el Google Meet. Pruebo, compruebo, me miro reflejada en la cámara lúcida, la misma que Roland Barthes avizoraba: “serviría para congelar el tiempo”. Parece alquimia susurro y cada día me vuelvo pantalla, ahí estoy capturada.

Y finalmente, mi cuerpo femenino, migrante digital, se dispone a iniciar la clase en la web. Pulso el botón “on”, de pronto, la maquina me absorbe, ingreso y empiezo la clase: figuras literarias, biografía, métrica, licencias métricas. Cometo errores, los resarzo, mi mente envuelta en todas partes, vuelve y revuelve el conocimiento, me hace preguntas,me sugiere cambios, me repregunta, danza en sus pesadas cavilaciones y cae, como siempre en las inquietudes herejes del fin del mundo. ¿Será ahora? ¿De esta forma? ¿En estos momentos? Y, una voz adolescente me empuja violentamente a la realidad.

-­‐Buenos días profe-­‐ y entonces, mi pensamiento vuelve al hipérbaton, a la mala composición sintagmática que embellece el lenguaje cotidiano. También saludo, es el espacio del escape, el repentino juego de la felicidad en medio de la pandemia, el telón de fondo, el escenario dramatúrgico que me permite salir del agónico panorama que huele a muerte.

Cuando la transmisión acaba, mi cuerpo sucumbe de golpe. Estoy ¡encerrada! pienso. Me ahogo, me desespero. Siento la angustia del mundo incierto, el templo del miedo. El fantasma vuelto nombre y puesto cuerpo amorfo virulento, percibo que me visita y cascabelea su presencia junto a mí. Para ignorarlo, miro por la ventana, escucho los pájaros y observo las flamantes ramas danzarinas que con el viento coquetean a la vida.

Y; después, casi por accidente o casualidad, poso la vista en la ventana, me fijo en la esquina que saluda a mi patio delantero. Y vislumbro, dos mendigos caminando de la mano, con sus rostros anónimos tapados con una mascarilla harapienta y sucia. Delante de ellos, la parca ha estirado su pierna y su hueso funciona como zancadilla…se los lleva. Y yo solo miro la imagen tras la ventana me anuda la garganta.

Y de mi pupila cae la gota que se dibuja en la mejilla de cualquier mortal ante el terror. Y la muerte sigue susurrando en mi oído. ¡Qué pesada se ha vuelto la vida! …sigo pensando en los míos.

La poesía en la luna

Lua, es el nombre de mi hija. Nació durante la emergencia sanitaria por la Pandemia, su nombre quiere decir Luna, en portugués, su mamá Samanta eligió ese nombre y juntos buscamos Arawi que en Kichwa significa poesía o esencia del canto, del arte, de la lengua y la sagrada fuente del conocimiento Runa.

Los dos últimos meses del embarazo estuvieron marcados por el confinamiento que inició el 12 de marzo, una semana antes de mi cumpleaños y del Pawkar Raymi, la fiesta del agua y el agradecimiento por el florecimiento que marca el Mushuk Nina o fuego nuevo, el inicio del año andino.

A través de las redes sociales, las noticias y en todo lugar al que íbamos sentíamos que el miedo de a poco se infundían en las personas, mientras continuábamos con nuestros proyectos personales, por las noches decidimos investigar sobre el origen de la pandemia, las consecuencias a nivel global, síntomas, los riesgos que existían sobre todo durante el embarazo, dejamos de ir a los controles al centro de salud por miedo al colapso del sistema de salud público. Desde el inicio del embarazo habíamos planeado tener un parto en casa, la mamá quería sentirse acompaña, segura y sin presiones innecesarias durante el parto y esta situación solamente reforzó la idea, así que la Doctora @AguaCristinaChAl, que conocía la historia clínica del embarazó nos acompañó en este viaje del alumbramiento.

Durante esos meses las denuncias de corrupción hacia funcionarios del gobierno, recortes en educación, la falta de insumos y recursos en el sistema de salud, eran las noticias del día; parecía una tétrica parodia cierre de aeropuertos a vuelos humanitarios, el pago de la deuda al FMI, las medidas neoliberales que el Gobierno implementó.

El miedo ha sido el instrumento que ha justificado la represión y fue lamentable ver a las personas desde la comodidad de sus casas el apoyar impunemente la represión y la pérdida de libertades por el Estado de Excepción, en Ecuador la mayoría de la población vive al día y los ingresos de las personas provienen de la economía informal. Al ser una emergencia sanitaria esperábamos que el confinamiento permita implementar con urgencia y honestidad los insumos necesarios para atender a las personas que están contagiadas pero lo que se implementaron fueron medidas de precarización laboral tanto en el sector público, como en el privado, y cabe preguntarse ¿Qué sectores realmente se están beneficiando de la situación actual?

Esperábamos el parto la primera semana de junio, pero fue el 21 de mayo. En la mañana Sam tenía contracciones, salí a buscar unas plantas que utilizan las parteras y que la doctora nos había solicitado previamente, al regresar Sam tenía contracciones cada vez más fuertes, nos manteníamos en contacto permanente con la Cris por teléfono, ella llegó a las cuatro de la tarde y el nacimiento de Lua fue 20 minutos después. Me imagino lo fuerte que debe ser para una mujer las contracciones y el amor que nos tienen nuestras mamás, el agua fue muy importante calentamos una olla inmensa de agua de plantas y en una tina grande que trajo la Dra. le sumergimos a la Sam para que se dilate y pueda dar a luz, los gritos eran muy fuertes y cada vez más cercanas las contracciones, cuando pasaban se sumergía en el agua para descansar y cuando venían se arrodillaba y pujaba, cada vez más fuerte.

Como la fuente no se rompía la doctora tuvo que hacerlo, mientras revisaba la posición de la bebe; yo ayudaba a sostenerle a la mamá y le daba ánimo, el agua caliente evitó el desgarro de la piel y permitió que los músculos se relajen, Cristina mencionaba que solo un poco más que ya estaba en posición y a las 4 con 20 minutos nació en el agua, era de color verde y aún estaba unida a su mamá con el cordón umbilical, la Sam me decía que era como una vena que les conecta, un cuero grueso y fibroso que le alimento estos nueve meses, nació con cabello y con los ojos abiertos, nos enteramos que es una niña y su madre la tomó en brazos, relajada del dolor pero aún con la placenta dentro de su vientre, cortó la doctora el cordón umbilical y me la dio para que la tuviera en un lugar de la casa en donde por una ventana se colaban unos rayos de sol.

Muchas amistades se alegraron de la noticia, también nuestros familiares y este tiempo a pesar de lo que ha sucedido externamente en las personas aunque se encuentren distanciadas siento que algo ha cambiado, hay mucha gente cultivando en macetas o en sus jardines, aprendimos a valorar la cercanía, el dar la mano, los abrazos fraternos, las libertades y sobre todo a las personas que nos alimentan desde las zonas rurales y que con mucho amor nos dan la vida y cuidan de la naturaleza, el arte sigue siendo lo que mantiene la estabilidad emocional de las personas y todas estas experiencias van a hacer que como sociedad construyamos un futuro distinto, cada cosa que nos pase será un aprendizaje que nos volverá más fuerte y nos permitirá estar más juntos porque solo la gente ayuda a la gente, los lasos de solidaridad se han hecho más fuertes y en las redes sociales se han creado alternativas de trueque, las personas salen más en bicicleta, el aire de la ciudad ha mejorado bastante y este respiro que nos dimos en el confinamiento nos permitió reflexionar sobre lo realmente importante y sobre lo fugaz que es la existencia y lo importante del amor por sobre los bienes materiales.

Fueron momentos gratos y divertidos, el confinamiento nos permitió convivir más tiempo. La Doctora nos dejó algunas indicaciones para la alimentación de la mamá. En la segunda noche la bebé tuvo cólicos y entendí que esto solo fue el comienzo de un gran viaje juntxs.

LAS CARAS CON MASCARAS
Mg. Andrés Fernando Ojeda Perez

GÉNESIS
Después de desayunar a las 6:30 de la mañana, me dispuse como todos los días a tomar mi maletín de trabajo para dirigirme a la Unidad Educativa, al contrario de lo que ocurría siempre, aquella mañana de jueves parecía normalmente tranquila, pero el frio apabullante me obligo a ponerme más de un abrigo, el cielo tenía un azul denso como el horizonte del mar y el parabrisas de mi coche estaba cubierto por escarcha de la neblina. Era el 12 de marzo de 2020, Cuenca parecía muerta, el ruido de los automóviles y motonetas se sentía sordo.
Cuando llegue a la Unidad Educativa todos mis compañeros hablaban del mismo tema, el coronavirus se había tomado el país, los medios de comunicación explotaron dramáticamente, ya se hablaba de las drásticas medidas por este enemigo invisible e inmediatamente se nos informó que se había suspendido las clases hasta nueva orden. Después de dejar la institución, la penumbra se hace conocida. O al menos esa especie de silencio, abrumador, desolado, yermo, con todo el hechizo del sin sabor de saber lo que pasara en el futuro. En la radio anuncian: “El gobierno nacional decidió aplicar una serie de medidas al anunciar Emergencia Sanitaria en el país y posteriormente oficializar una cuarentena obligatoria que se extendería por alrededor de 60 días”

MURCIÉLAGO
Esta historia, me hace pensar en los colores oscuros, corrosivos, acres de la crónica roja y el terror sombrío, lúgubre de las novelas de Edgar Allan Poe, y con la poca información que tengo de un murciélago, un pangolín y un humano que apenas pudo sobrevivir ostentando las cicatrices de su pavoroso encuentro, me pregunto ¿Qué está pasando con la solapada justificación social que le atribuye el poder al hombre de jugar con la naturaleza? O tal vez una estocada de la naturaleza una dosis de ironía, de karma, de yin-yang.

TOQUE DE QUEDA
El silencio lóbrego de las 2:30 de la tarde era insoportable, exactamente desde el 25 de marzo, se decretó toque de queda desde las 2h00 de cada día hasta las 5h00 del día siguiente a nivel nacional.
Abrí puertas y ventanas, mi alma estaba asfixiada, el olor de la atmosfera enviciada de CO2 me hacía falta, el ruido, la algarabía del vecindario, el motor de los autos, este vacío de necesidad me lleva a nuevos confines de mi ser, sintiendo el silencio dilatado en la profundidad de mis oídos.
El ansia de libertad producida por el encierro empezaba a hacer estragos en el organismo, la falta de sueño me obligo a recordar los anaqueles donde se encontraban esos libros medio leídos en épocas de universidad, esos rincones de casa que no había limpiado nunca y hasta ese bello oficio de escribir.

SEMAFORIZACIÓN
Los medios de comunicación, divulgaban como proceder en la emergencia y hablaba con mi esposa de evitar el pánico, en esa oscura realidad de fantasía, donde aún no se sabe, si el bien pelea con el mal o los monstruos de verdad están en la penumbra de las calles, viven con nosotros, nos asechan o tal vez quedamos a merced de algunos demonios.
A partir del 12 de abril se implementó un sistema de semaforización por provincias que definiría las restricciones que rigen en dichos territorios, para progresivamente retomar actividades. Desde el 12 de abril hasta el 19 del mismo mes, la leyenda global en el país inició con color rojo.
Mi cerebro cuadriculado no calculaba el alcance de la noticia, los bares y restaurantes no abrirían sus puertas, los autobuses no prestarían servicios, alcohol, guantes, mascarillas y hasta lavarse sin cesar las manos era inadmisible.

MUERTE
A las 9:30 el frio se desploma en la ciudad de Cuenca y siento que los días se hacen semanas, las semanas, meses y exactamente el 14 de abril, al finalizar una clase virtual, me cruce en internet con la noticia:
“Guayaquil, en el suroeste de Ecuador, sufre como ninguna otra ciudad de Latinoamérica la fuerza destructora de la pandemia. Hospitales y cementerios colapsaron cuando aún falta lo peor. No hay espacio ni para vivos ni para muertos”, dice la alcaldesa Cynthia Viteri”
Era imposible ignorar lo que estaba pasando, como un teatro de lo absurdo, eternos minutos transcurrieron, quería llorar, pero el deseo se convirtió en impotencia, los cuerpos ya no son los de antes, están un poco mermados por el hambre, la soledad, con caras enmarcada con tapabocas N95 y otros tapabocas de diferentes colores que ocultan las risas y van entretejiendo historias macabras de inverosímil magnitud.

IMPOTENCIA
A las 12:30 pm mientras me escabullía a devorar un pan con café, pensé en el eslabón perdido de aquella cadena de vacíos en la prevención temprana, la atención, el seguimiento y la contradicción más dramática del enemigo congénito que tenía sumido en boñiga a la humanidad, finalmente me queda el sin sabor, la impotencia, el sentir de un país que no puede garantizar el derecho a la vida.

NO TODOS LOS VERBOS SE CONJUGAN COMPLETOS EN LA PANDEMIA
Oswaldo Agronómico

Yo me confiné, tú te confinaste, él se confinó, nosotros nos confinamos, ELLOS NO SE CONFINARON. Y es que “quédate en casa” nunca fue una opción para Arístides Guasmo Sur, Rosa Barrial Blanco o Manuel Reciclador. Con fiebre y tos seca tuvieron que salir para vender fundas de basura que casi nunca venden, mascarillas, en fin. Lo ven, imposible conjugar el verbo CONFINAR en todas las personas gramaticales. Confinamiento y hambre no pueden vivir bajo el mismo techo.

Yo comí tres veces al día, tú comiste hasta seis, pero ELLOS COMIERON APENAS UNA VEZ O NINGUNA. Tampoco se me permite conjugar el verbo comer con todos los pronombres, no parece ser un derecho universal: de mucho comer engordaste, tus pantalones se deformaron donde cierra la cremallera, mírate al espejo justo allí, verás cómo se repliegan hacia abajo, como huyendo de un rebosante abdomen que comienza prematuro cediendo a la gravedad…

Y mi última conjugación: Yo no deseo contagiarme; tú, ojalá no te contagies. ÉL, “YA SI SE CONTAGIA, NADA”, alguien tiene que contagiarse, hasta es necesario para la inmunidad del rebaño. Y es que si se contagian ustedes, son muy fuertes, van a salir del hospital, les aseguro mi oración…je, je. Contagiarse en tiempos de pandemia, no es verbo para la primera persona del singular.

Vaya mis pensamientos en tiempos de pandemia, unos nobles, otros inconfesables. Mis oraciones, por suerte íntimas, no se las diré, solamente que se parecían a: ¡Oh Señor!, que todos se contagien, menos yo y si me contagio que sea poquito, que sea asintomático…la verdad que he pasado miedo. Aclaro, YO, implica esposa, hijos y familia.

Y descubrí que ese miedo podía aplacarlo desconectándome de los noticieros. Al inicio escuchaba todos los reportes del COE nacional… Primer contagiado en Cuenca, bueno, pero está en el barrio opuesto al mío… tranquilidad; pero cuando llegaron a 24 y cinco de ellos en Totoracocha, donde vivo, y lo terrible de Guayaquil, me desconecté. Para pasarla, vi la gesta de Jefferson Pérez y la clasificación de Ecuador a su primer mundial con el gran Ulises y el Tin, hasta vi con mi esposa y uno de mis hijos una novela turca llamada Iffet, confieso que para escribir correctamente el nombre, lo averigüé en internet. Como dicen, “si no lo sabe Dios, pregúnteselo a Google”.

La hora de dormir era un poco fea, los temores volvían y la posibilidad del contagio cobraba vida. Lo peor es que dormía solo, pues tenemos una nietecita cuyos papis son médicos y le tocó a mi esposa cuidarla en la noche, y ni modo, mi cama no es para tres.

Algunas tardes percibía el olor del pan que hacían mis vecinos, descubrí que olía igual que el nuestro aunque estoy seguro que el que hacíamos en casa sabía mejor. Ahora bien. Notar que varias familias del barrio ahora hacían pan, confirmó que los miedos son comunes, tanto como las esperanzas y las ganas de vivir. Nadie quiere contagiarse, yo, tú, el-ella, nosotros, ustedes, ellos, no queremos, no quieren contagiarse (ojo: por fin pude conjugar un verbo completamente). Supe también que el canguil era más común de lo que pensaba, justo detrás del patio de mi casa está la cocina de la vecina (que no sé cómo se llama), ellos lo hacían con frecuencia, nosotros no nos quedábamos atrás…a propósito, no han comido canguil con el ají que hace mi esposa, lo siento.

Un día asomé con mi peor cara, alguien tocaba el viejo portón de la casa donde vivo con mucha premura, era un venezolano que ofrecía fundas de basura, lo despaché diciéndole secamente, no gracias. Cuando cerré la puerta sentí que si ésta tuviese manos me habría golpeado, me odié por un buen rato…suerte que el señor volvió días después ofreciendo lo mismo y con la misma urgencia, el hambre no tiene vergüenza. Como ya lo vi por la ventana y “tenía miedo de la puerta”, salí con alguna cosita que le ofrecí…la sonrisa del señor y la de la puerta me parecieron muy gratificantes…

Me veía al espejo y me reía de mí mismo, por mi incipiente calvicie, parezco un sambo redondo, los cabellos me caen exactamente como al Joker, es que no he ido a la peluquería porque….ni yo, ni tú, ni el…queremos contagiarnos de ese micro-bicho llamado coronavirus.

Y para no contagiarme tome jengibre, aguas calientes y cambié la pista del paraíso por el pequeño patio de la casa. Adidas Running es mi testigo, perdonen el anglicismo.

Nunca he sido amigo de tener mucha ropa, aunque supongo que es más por falta de dinero, ciertamente en la pandemia no la necesité, con dos camisetas era suficiente, total en el zoom, los estudiantes me miran solo como una foto carnet. Yo allí siempre formal, más cuando vi los “accidentes” ocurridos a muchas personas desprevenidas, Dios me libre.

Dentro de lo malo, ha sido un tiempo bueno, me acerqué mucho a mi hijo de 15 años. Creo que los dos éramos medio extraños, ¡qué increíble! No soy bueno en la cocina, pero también he cocinado, por ejemplo una sopa que a los chicos de hoy no les gusta tanto, los nabos de chacra. Me sentí muy bien cuando mi hijo del que les mencioné, dijo: “estas hierbas sí están buenas, ¿puedo repetir?”.

En fin, creo que este evento inusual, actualizó mis ángeles y mis demonios, no me peleé con alguien por el papel higiénico de un mostrador del supermercado, pero sí me llevé los últimos tres paquetes de levadura que había, tenía miedo de que se acabaran y ¡mi pan de casa!… Algo hice por la gente menos afortunada: oré a Dios y le hice promesas para que proteja a mis hermanos que viven precisamente en Londres y Madrid. Hasta ahora todo está bien, así que mi promesa va. El Papa Francisco dice que después de esta pandemia tendremos que salir “mejores o peores, no iguales”, y yo, ¡quiero salir renovado!

NOS SOBRAN RAZONES
Autor: Fabián Sanmartín

Nos sobran razones
para sentir que estás vivo
desandar los caminos
y cambiar los destinos

Nos sobran razones
para abrir las ventanas
desatar nuevos tiempos
y pasar los inviernos.

Nos sobran razones
perseguir nuevos sueños
construir otros puentes
y romper con las sombras

Nos sobran razones
ver crecer a los niños
verdecer las praderas
y esperar primaveras.

Nos sobran razones
correr tras el viento
desplegar nuevas alas
y conquistar otros cielos

Nos sobran razones
volverán las canciones
volverán los colores
y crecerán nuevas flores

Papel higiénico
Autor: Hugo Vílchez Valero

Marzo: Tenía días pensando que en cuanto cobrara mi sueldo compraba papel higiénico, era un producto imprescindible. Por esas mismas fechas, 9 de marzo, mi esposa, María Elisa, debió viajar de emergencia a Venezuela, de donde somos los cuatro, en ello incluyo a mis dos hijos, Tomás y Matías, lo peor es que no dejaba comida preparada, “pero que son unos pocos días para mí”, dijimos.

Ya en tierra caribeña, me llega un WhatsApp de que está bien a pesar de los tres trasbordos que hizo para arribar a Caracas (Guayaquil-Panamá-Colombia-Caracas), su regreso tenía fecha el 25 de marzo. Su estancia era para asistir al funeral de su padre. Hasta ese momento había sido un viaje de día y medio en avión.

Al tiempo, El 12, el colegio anunció, como una hecatombe de guerra, que nos retirábamos del colegio Porvenir, los profesores trabajaríamos los siguientes días en la institución, pero en el transcurso de la tarde se suspendieron las actividades y yo, a esa hora, con mis hijos en el supermercado para comprar papel toilette. Aquello no era normal, colas y colas, carritos y carritos, coleados y coleadas. Mi mercado pasó de papel higiénico a “pescar productos” para cocinar lo que no sé hacer y, además alcohol, gel y cualquier producto de limpieza.

Estaba tranquilo, pero miraba el pandemónium como si yo lo estaba haciendo mal, “¿Qué se me olvidaba?”, me preguntaba en plena fiesta de compras en el supermercado, ¡Claro que se me olvidaba que mis hijos no habían almorzado! Y que los saqué en vilo a comprar de una lista que terminé botando. Lo que tenía fresco era adquirir papel higiénico, y todos en el lugar compraban dos y tres paquetes con un mínimo de once rollos. Había una relación entre diarrea, virus y papel higiénico incontrolable.

Horas después salimos, en la casa empecé a darme cuenta de que estaba con ellos y que debíamos enfrentarlo a diario; cada minuto, cada hora, cada día, había un anuncio. Cierre de fronteras entre países, interterritoriales, poca movilidad en la ciudad, sin transporte, cierre de negocios no imprescindibles, estado de excepción fue el último anuncio del presidente Lenín Moreno.

Cada decisión o anuncio lo acompañaba con un frío en mi espalda, con un miedo inexplicable, sobre todo a no ver a María Elisa, aún nos reímos, pero en serio pareciera que la veremos en diciembre. Mati y Tomi están tranquilos, hablan con ella y siguen su ritmo de estudios.

En lo virtual, el Ministerio de Educación tanteaba el terreno, recomendaciones, clases divertidas, limitación de horas de estudios, suspensión de la prueba Ser Bachiller, los maestros y profesores nos tocó aprender, trabajar, idear, planificar, hablar con padres, vadear situaciones que solo la institución le correspondía responder.

Registrar las evidencias de clases y deberes fue, en un principio, un tormento, porque los intrusos estaban en clases, la tensión era grande, y con ello tenía que cocinar, atender a mis hijos (no soy su esclavo), pero hemos aprendido a trabajar en equipo, uno de ellos lava la ropa, otro prepara jugos, se limpia la casa, yo pago los servicios por transferencias.

Técnicamente camino kilómetros, no tengo carro, para adquirir víveres, ahora hay buses, pero me da terror; tengo 59 años, dos hijos y una misma responsabilidad, nadie me dice si soy el siguiente, pero ellos no se pueden quedar solos. Si alguien pregunta qué es ir a ciegas, pues esta situación ha sido el laboratorio ideal de que equivocarse es una razón de existir.

Hemos arribado a casi tres meses desde que se inició el cierre de fronteras, entre ciudades y países, educación y comunicaciones a distancias, debo reconocer que esta situación nos ha separado y nos ha unido como familia. María Elisa en Caracas, de vez en cuando me da una receta de cocina, como hacer salsa para espaguetis, enterarse que los hijos han crecido un poco, ella a ratos se deprime, y yo he tenido que ser papá, mamá, profesor de Lengua y Literatura, preparar clases, atender tres trabajos a distancias porque de eso comemos y controlar el estrés. El semáforo ha cambiado de color, aunque no significa que no nos cuidemos, piano, piano, en buen italiano.

Los días siguen pasando, de noche me desvelo y me pregunto por qué tanto papel higiénico, aún los cuento como contar ovejitas para dormir, ya no se me descompone la comida y resuelvo rápido lo que vamos a comer; aunque lo que sí necesitamos es estar relajados en medio de esta circunstancia, vivir hoy y mañana es otro amanecer. Buenas nuevas una congregación eclesiástica me ayudó a pagar la renta atrasada y el dueño del departamento me bajó un poquito el alquiler, ya que perdí un empleo bajo el término de catástrofe, algo cónsono con la realidad. Cierro mi diario por el día de hoy.

Parecía que el “Bicho”, no iba a llegar
Autor: Pedro Xavier Merchán Valdez

Por allá en el mes de enero, se escuchaba que en China estaba apareciendo un nuevo virus y que la gente se estaba muriendo. Era culpa de los murciélagos decían y no tardaron en aparecer los famosos memes, que por más cruel que sea la situación; siempre existe alguien con el corazón negro para hacer mofa.

Que todo empezó en un mercado en Wuhan, al parecer era cierto. Toda la gente “Occidental” se sorprendía de lo que comían los chinos. Ecuador no fue la excepción, como si los ecuatorianos no comiéramos cuy, chontacuro, guatusa, burro, hormigas y otras excentricidades.

Lo cierto es que cinco días después del día del amor y la amistad las alarmas se encendieron en nuestro país, la primera persona contagiada de ese “Bicho” (que parecía lejano y que nunca llegaría hasta nosotros) aparecía en las noticias. Cuarentena empezaba a ser la nueva palabra de moda, pero no se tenía idea de los verdaderos alcances de esta situación; los memes de aquella señora eran nuevamente la comidilla del día y los desalmados no se imaginaban siquiera que ellos mismos estarían sufriendo de la confinación.

Habíamos llegado a mediados de marzo y los casos de contagios crecían como la espuma, la desesperación y miedo se apoderaban del común de los mortales que ya empezaba a pensar que se venía el fin del mundo. Para el 16 de marzo el presidente de la República manifestaba: “Quédate en casa”, ese era el lema para determinar que entrabamos en el confinamiento obligatorio; todo por salvaguardar la salud de cada habitante de la nación.

Los primeros días fueron llevaderos, como si estuviéramos en vacaciones; pero si tener a dónde ir. Conforme los días pasaban empezamos a entender a los animales enjaulados; encerrados todo el día, destinados a unos metros cuadrados para poder caminar, la única diferencia para nosotros era que teníamos Internet y “Netflix”. Aquellas “Armas” tecnológicas para enfrentar un encierro desmesurado, se iban quedando sin efectividad. Las horas pasaban como si se tratara de una maratón corrida por un par de tortugas, los niños en la casa ya no se “hallan” y comienzan a tener conductas extrañas, mismas que tienen ser corregidas por los padres que en muchos casos no habían convivido tanto con sus hijos y recién empiezan a conocerlos; además que se debían convertir en los tutores de sus “Pequeños demonios” que ahora recibían clase a través de la pantalla de un ordenador o de un celular, los que tenían posibilidad; porque los del sistema educativo estatal lo hacían escuchando radio o viendo la televisión pública.

Los docentes se han convertido en “yutubers” y se han tenido que modernizar a una tecnología en muchos de los casos extraña y difícil, pero no han dejado que los estudiantes dejen de aprender y soñar con un futuro mejor; su pizarra y marcador ahora son una computadora y un mouse. Soldados anónimos librando una guerra aparte que no será reconocida, como siempre, y dirán “Ese es su trabajo” sin comprender que también tienen familia y que los recursos económicos son limitados y hay que batallar con los hijos propios y los de otros a los que ahora solo ven por zom.

“Hay Dios, ¿Hasta cuándo será esto?” Se preguntan entre los vecinos que acuden a la tienda del barrio, que fue uno de los negocios que no cerraron sus puertas con el afán de abastecer de los productos de primera necesidad a la vecindad. Las mascarillas, guantes y trajes de bioseguridad son ahora el último grito de la moda, ya que los pantalones, camisas y zapatos de marca quedaron guardados en el guardarropa, que ansía en algún momento volver a ser revisado con mucha intensidad. La nueva fragancia no era de Victoria Secret o Chanel, sino la de alcohol al 70%. Si se quería ir al Supermercado, ahora se lo tenía que hacer solo, sin la compañía de toda la familia como en otra hora, además de recibir un baño de desinfectante luego de haber hecho largas colas por varias horas para poder ingresar. Las esquinas de los barrios se empezaban a transformar en mini-mercados en donde se encontraban vegetales, legumbres, frutas y otros con precios que iban por arriba de lo que era normal.

El miedo de un contagio es comprensible, por esa razón son los varones (Ahora en mayor cantidad) quienes salen a abastecerse de alimentos para la semana, con el afán de salir lo menos posible, las personas de la tercera edad son las más vulnerables y hay que protegerlos, por eso ellos ya no salen y solo desde la ventana de la casa hacen guardia de lo que sucede a su alrededor hasta antes de las 14:00, hora en la que todo parece callarse, menos los motores de motos que hacen entrega de pedidos a domicilio. Los médicos, enfermeras y trabajadores dela salud sufren una guerra cuya trinchera son las salas de emergencia y de cuidados intensivos; todo en silencio pues la gente está confinada en sus casas, ajenas a la realidad que les circunda.

A pasado un mes, mes y medio, dos meses y ahora sería un semáforo el que nos indicará si podemos salir un poquito más, todo dependerá de cómo cada uno de los miembros de esta sociedad puedan enfrentar la “Nueva Normalidad”, en donde las filas con distancia de dos metros entre personas serán hasta para ir al baño; el lavado de manos, hasta después de acariciar al perro; el “alcohol” ahora ya no se lo beberá, sino se lo rociará por todo el cuerpo; se debe tener un par de zapatos en la puerta para dejar los otros afuera. Hay que mantener la distancia, hay que cuidarse; mientras tanto esperamos con fe que se encuentre la cura y la vacuna.

PASILLO

¡De dónde me vendrán los miedos!
Quizá del hígado
corroído por la rabia y la esperanza.
O, seguramente, son los intestinos,
brazos de sol, que los abrigan.
Desmayo en la pálida noche,
veo los libros empolvados y ojiabiertos,
vigilándome hasta que caiga.
Los juguetes que las niñas no recogieron
yacen muertos sin ellas.
Ellas duermen. Yo suspiro.
Los minutos son eternos.
La vida es pasajera.
¡Corazón! eres ser, ente,
estás lanzado a la deriva.
Afuera todo se detiene,
pero la vida y la muerte siguen su rumbo.
Amanece, mi esposo y yo sangramos de rabia, de impotencia:
la comida se sirve en la mesa,
las niñas no quieren comer,
solo quieren correr, salir, jugar, ir a la escuela.
Entonces, inventamos campamentos en la sala,
¡cómo saber que la última vez
que fuimos de pesca,
sería el último real campamento!
Pero, a las niñas no les importa:
Una colcha, unas linternas, y ellas
hacen aparecer el cielo, la fogata y los árboles.
– Solo la imaginación nos salvará en este tiempo-.
Y nos tumbamos boca arriba.
Allí están las verdes hojas que se mueven con el viento
acariciando nuestro peregrinaje humano.
Tal vez, mis miedos yacen en el esófago, atrapados en la regurgitación que se detuvo por las buenas costumbres,
por la imposibilidad concienzuda de decir
¡A la mierda!
Sí, a la mierda con
este gobierno corrupto, servil, imperialista.
A la mierda con los que no entienden
que debemos educar, no adoctrinar.
El señor Foucault no se equivocó:
Escuela, orfanato, hospital, cárcel: sistema.
¡Dasein!
Pero mi sangre viene cantando
entre la purulencia y las amígdalas,
mi llanto es como un río,
como el jilguero que venera el rocío,
como los sauces que visten al jardín.
Entonces, no me queda más que
remar contra corriente
que contarles a mis alumnos
qué esconde la pandemia,
qué intereses han primado sobre la vida,
y qué plantas podemos sembrar en el jardín.
Busco recursos, juego con ellos,
los abrazo por la pantalla.
La educación es el arma que
me hace perder el miedo – por instantes-.
Se levanta el campamento y me siento
empoderada, mis hijas ríen
y yo tengo esperanza.
Llamo a mis padres,
con ellos todo es calma,
Los viejos también deben tener miedo,
pero cuando los escucho
siento que soy una pequeña niña
en sus brazos.
¡Dasein! ¡Dasein!
Ahora, puedo ser una gota
palpitante como el rocío
en el amarillo despertar.
Puedo ser una gota
que cae en la ventana
de una noche obscura.
Puedo ser una gota
sin límite frontal
en el océano caliente.
Puedo ser una gota
que se pulveriza
en el pasto crecido.
Puedo y soy como quiera,
como y cuando las hormonas
malvadas y amigas,
me entreguen maleable
a la belleza de los colores
que ni la pandemia, ni el miedo
han podido destruir.
Una nueva madre, una nueva esposa
Una nueva maestra,
renace de entre las circunstancias.

Perplejidad
Autor: Juan Diego Plaza

El planeta nos manifiesta sus contrariedades de distintas maneras y esta no es la primera vez que nos clama por ayuda, por humanidad. La amenaza siempre ha estado presente, somos nosotros los no la queríamos ver, pues deseábamos continuar perpetuando una falsa “normalidad”.

Casi todo el planeta ha sucumbido ante el monstruo, ningún país estaba preparado, ninguna alma podría imaginar tal desastre. Ahora nos sentimos desesperados, ansiosos, impotentes. No nos dimos cuenta a tiempo de las señales de nuestra Tierra, teníamos a nuestro hogar común en pésimas condiciones, lo mostraban en los noticieros, redes sociales; nos enviaban fotos a los grupos de WhatsApp, pero ¿qué hicimos?: nada. Ahora, con esta emergencia sanitaria, nos corresponde reinventar nuestras existencias… a la fuerza.

Actuamos a empujones, tal vez sea la única manera en la que funciona nuestra humanidad, y quizá la solución no es solamente erradicar el coronavirus; sino erradicar nuestra falta de benevolencia. El COVID-19 no apareció de la nada, ya se veía venir. Con el planeta todo devastado, las cadenas tróficas destruidas y el balance natural de la flora y fauna nulo ¿qué se podía esperar? Somos tercos y aún con una experiencia de encierro, el escarmiento se avizora lejano. Quizá estas palabras suenen abrumadoras, pues quisiéramos leer y escuchar arengas que nos suban la moral, no obstante, observar en las veredas mascarillas usadas arrojadas sin chistar, provoca lanzar el reclamo: ¡cambiemos!, sino es por moral, entonces que sea por nuestra propia existencia. ¿Si todo esto no es suficiente, entonces qué se necesita para cambiar?

Por otro lado, hiere el alma y resquebraja el corazón ver a nuestro pueblo sufrir, sentir la agonía de amigos, vecinos y desconocidos que enfrentan, en este mismo momento, a un enemigo invisible que desangra existencias. Para sumar, causa impotencia observar como los gobernantes pisotean sin piedad a su pueblo: la pandemia de la corrupción. Observamos, entonces, como la felicidad y la justicia también están encerradas y por las calles pasea campante la desigualdad. Esas caritas sucias de la pobreza y el hambre retumban entre las frías aceras.

Aquel que posee la capacidad de dejarse lastimar por el padecimiento de un ser humano, jamás podrá volver a celebrar un onomástico o una festividad como antaño, jamás podrá volver a servirse un almuerzo con despreocupación, ni sonreír con saciedad, si a la vuelta de la esquina sus hermanos sufren la crueldad de lo que ha tocado vivir.

Después de esta “masacre” es posible que al mundo le interese un mínimo la lección, y se le esfume de la mente las personas que murieron, las que sacrificaron sus vidas para salvar otras; las que incluso se aprovecharon de la desgracia para lucrarse de su hermano. Sin embargo, estimado lector, luego de que todos los males han recaído sobre la humanidad cual caja de Pandora, aún nos queda ¿la esperanza?

Reflejo
Autor: Santiago Vásconez

Sin darme cuenta, caí en el juego de los espejos. Me levanto cada mañana, corro las cortinas y, en el cristal recién pulido, alcanzo a ver reflejado el brillo de mis ojos. No quiero verlo. Me retiro de prisa para que la luz entre y haga su trabajo. Camino al baño cubriendo mi rostro al pasar frente a los escaparates. No quiero que mi imagen se vuelva a impregnar en el vidrio que protege del polvo a las pulcras bailarinas de mi abuela. Abro la puerta lentamente, entro y bajo la mirada para enfocarme en el lavamanos. El agua intenta empozarse en el fondo y, otra vez, veo mi silueta reflejada en un sin número de gotas que salpican por todas partes. Huyo.

Agarro mi taza favorita y sirvo el café. Esta vez, la mancha reflejada se esconde como un fantasma en el vapor. Lo tomo a sorbos, tratando de no mirarme. He superado el desayuno, pero el día apenas empieza. Lavar los platos es una tortura con todas las cucharas, cuchillos, platos y ollas, jugando a ser espejos. Entro a tientas a la ducha, no quiero abrir los ojos. Las burbujas de jabón estarán devolviendo mi imagen multiplicada como las estrellas. Un yo en versión grande, pequeña, voladora y explosiva.

La pantalla del computador se enciende y debo atender una llamada, la primera de una larga jornada de reuniones. La luz que indica el encendido de la cámara se activa, ensayo una sonrisa, pero la mirada no miente. Otra vez estaré ahí, en la pantalla, todo el día jugando a los espejos.

No lo soporto más.

SÍMIL DESESPERADO
Autor: Mgst. Miguel Pérez

Así me siento hoy

Como el día que partí de mi amado calor bestial
Como la madrugada que llegué a esta Cuenca espectral
Como el susto áspero que rasgaba mis entrañas
Como la nube gris anunciando diluvio en mi garganta
Como el vértigo perenne entre los cuatro ríos

Así me siento hoy

Como anillo maldito entre dedos inquietos
Como rueda en barranco sobre el pasto tierno
Como moneda prestada que no es cara ni cruz
Como luna nueva en teatro mirando vacíos los puestos
Como mesa de sala extrañando migas y codos

Así me siento hoy

Como el primer día que mi mente recuerda
Como las ganas de dejarlo todo atrás
Como el terco deseo de ver en todo un nuevo comienzo

Tras la ventana
Autora: Martha Contreras

Una paradoja, la historia del que lleva corona y no es un rey
en la que una burbuja es más fuerte que un estallido, un
calendario intermitente de días repetidos,
frágiles como la memoria de un ¿hoy que día es?.

Tras mi ventana hoy caminan personas con sonrisas
enmascaradas y a quienes una mascarilla no les cubre los ojos tristes de cada mañana.
Tras mi ventana las aves trinan con más fuerza
ya no las opacan los sonidos de bocinas y sirenas.

He visto pasar ángeles vestidos de blanco, no llevan alas,
traen estetoscopios de espada,
hay héroes de máscara, sin capas, que en silencio ayudan a quien haga falta
y yo los miro pensando que a veces la vida te sorprende y cambia.

A veces hasta la ventana cambia y de pronto ya no es la de tu casa
sino la de un monitor de computador.
A veces la ventana es un frío refrigerador
que nos pregunta ¿que preparas mañana?.

A veces la ventana es el cristal de un lugar que no reconoces,
un holocausto de esperanza a la orilla de la noche,
donde el dolor suena a hospital, la desesperación huele a máquina respiratoria
y la esperanza se palpa a rugosa corrupción, aunque parezca contradictoria.

Desde esta ventana también se siente la impotencia y la rabia,
¿cómo el dolor puede ser una ventana abierta para la mafia?.
El sentir de un pueblo que no quiere mordazas
así tras mi ventana jóvenes protestan desafiando a una corona con máscaras.

Ventanas de todos los colores y formas
y a veces solo podemos ver desde la propia.
Hoy los abrazos se quedan en pausa
como el corte comercial en medio de una trama.

Hoy , los besos son armas mortales
y un metro de distancia es lo deseable,
ahora este es el mayor gesto de amor
ese sentimiento que tras placas de acetato se conserva hoy.

Pero como toda paradoja , tiene un lado contrario, hoy hay
un tinte color esperanza tras este cristal tan opaco. Hoy hay
más alcohol en emprendedoras manos
que en las calles de un fin de semana pasado.

Hoy hay personas con más fé y esperanza dentro de cada casa
que en los templos en donde oraban.
Iglesias, parques y otros recintos han quedado vacíos las risas
compartidas en casa son un alivio.

Hoy se ha escuchado a la esperanza endulzada de melodías
el policía se ha convertido en un artista.
ha remplazado una pistola por un micrófono
Hemos salido a las ventanas agradecidos y aplaudimos al tono.

Hoy creo entender algo más sobre la vida
era todo aquello que tenía y que no sabía.
Las sonrisas espontaneas, los abrazos al ocaso y las miradas repentinas,
estos versos, lo que piensas ahora y lo que extrañas todavía, ¡eso es la vida!
Hoy, tal vez no, pero mañana frente a cualquier ventana
nos volveremos a encontrar,
con la alegría de que hay tanto por valorar
y pediremos menos cosas y haremos muchas más.

Hoy te miraré tras mi ventana
con el eco del amor de mis sonrisas guardadas,
y mañana tú y yo seremos mejores
y juntos sin ventanas ni portones volveremos empezar.

Un tacón por una sandalia
Autora: Lic. Vanessa Paladines

Comprender el tiempo y su versatilidad, fue dejar atrás la alegría de un ja ja, para dar la bienvenida a la preocupación por un sonido – alerta ¡tindón! que remplazó a un marcador y una pizarra, por una pantalla desde donde se esbozan rostros y sonrisas digitales, que confirman a través del chat que están presentes, y al ¡levantar la mano! se acogen a un ícono que cobra vida en un nuevo estilo de comunicación y educación.

¿Estábamos preparados? La repuesta al unísono es: NO. Los docentes pasamos por un violento giro, del aula física hacia la virtual, es precisamente, en ese espacio donde nos ha costado sustituir las conversaciones, el compartir diario con los estudiantes, por el vaivén de pantallas, horarios de conexión que se sumaron a nuestras actividades de familia: madres, hijas, esposas, convirtiendo nuestra vida en un rompecabezas peligroso, que por momentos, debido al confinamiento, nos amenazó con la ruptura del equilibrio, entre alguna que otra lágrima, derramada cuando la app seleccionada no funcionó, la plataforma se cayó o el internet dejó de lado su perfección y sin motivo nos condenó a estar en pausa.

Sin duda, los cambios generaron que ese tacón de docente, que armonizaba de manera sobria con el uniforme del día, se convierta en una sandalia que aporta comodidad a la vestimenta diaria, en la que ya no precisamos saber si combina o no. Este proceso de aislamiento ha mostrado que en la profesión elegida, la vocación es lo que nos sostiene. Somos mucho más que planificadores de unidades que entregan documentos en fechas determinadas, más que una evaluación cuantitativa con ciertos estándares de preguntas; el tiempo afirmó que lo cualitativo vence a cualquier número, y es que definitivamente el amor y dedicación no se miden por escalas, sino por entregas de palabras que hacen su magia y se convierten en fuente de ánimo y valor, tanto para los alumnos como para padres de familia, que se estremecen frente a estas inesperadas permutaciones del destino.

Cada mañana al despertar he observado que mis pulgares tienen más forma y agilidad que todo mi cuerpo, el teletrabajo me ha permitido agilizar mi destreza para escribir con mayor rapidez, ya que 210 estudiantes mágicamente se triplicaron: día a día tengo más mensajes en mi whats app que antes, mi clase aumentó considerablemente y ¿por qué hay más ahora? A ella se suman también sus representantes. Sin duda el famoso desequilibrio del aprendizaje me ha funcionado mejor en esta etapa, despierto más interrogantes que antes y siempre tengo en mente la pregunta del despistado que genera mayor curiosidad y pone a prueba la tolerancia de todos en la hora de clase.

Ahora bien ¿Qué pasa tras la pantalla? Tantas realidades diversas de cada hogar, se unen a la del mío, evito quebrarme frente a mis cursos, porque en ese momento soy su pilar de fortaleza. No supero el hecho de extrañar ver las sonrisas de mis pequeños al llegar al curso, en mirar la atención con la que me abrían la puerta “por cepillos o no” pero para mí era cariño, y el famoso grito ¡YA VIENE LA PROFE!… ingresar mostrar mi rostro con cara de no escuché nada, mirarlos y sonreír internamente, para que se sientan confiados de que no fueron descubiertos y que aún son dueños del mundo.

La cotidianidad cambió, es verdad, aquello que consideramos especial o momentos gratos se convirtió en un recuerdo que atesora el corazón. La ciudad se paralizó, los colores de un semáforo nos dicen qué hacer. El reto es reinventarnos como seres humanos, en cada cambio de luz mantener el propósito de ser mejores frente a cada dificultad. Por el momento no hay tiempo para pensar en el mañana, sino para forjar el ahora con cimientos que nos ayuden a llegar a recibir el más grande honor: ser reconocidos como buenas personas.

De un momento a otro, pasar horas frente al ordenador se volvió un desafío, mi mayor temor es tener baja la batería de mi computador, mirar el destello extraño del pequeño router, que me da la señal para triunfar o fracasar; jamás se me ocurrió depender de cuántas barritas de señal tiene el wifi, situaciones equivalentes a los latidos que llenan de adrenalina cada jornada.

Soy un ser humano que está conectado a una máquina, por ventaja no como respirador artificial, pero sí como una inyección de ciencia y tecnología, que me ata a un nuevo aprendizaje en cuanto a competencias digitales, pero a la vez me condena a visitar el vacío de la desesperanza cuando los titulares de prensa informan que mientras más nos cuidamos el virus prospera, paradoja que aún me cuesta entender:

A los 33 años soy una persona que ha vivido muchas anécdotas y como les digo a mis pequeños en son de broma, no nací de la edad que tengo. No sé bien el eco de mis consejos, pero siempre me escucharán decir que amen lo que hacen, valoren lo que tienen, no se avergüencen de lo que son, porque esas virtudes son las que los harán grandes con el tiempo. Al final son esas palabras las que deseo perduren, que la materia sea un puente para tocar sus vidas.

Cada día agradezco esta fusión con la tecnología, con la capacidad de elegir entre una sandalia y un tacón. Espero que el mañana surja como el ave fénix, que a mi vida llegue el abrazo fraterno de un estudiante, de un colega, que mi hombro sirva de consuelo y sobre todo que mi alma se regocije al escuchar gritos y carcajadas en cada pasillo, cuando volvamos y el virus hubiera terminado su obra: acercarnos en medio del miedo.

Y decidí dar luz verde al semáforo de mi vida

El confinamiento, la mazmorra, el encierro o como lo quieran llamar llegó. De golpe, sin previo aviso como aquellas sorpresas que te da la vida, y como siempre no sabes cómo reaccionar. De manera improvisada te dicen que esto será terrible, apocalíptico, incluso te venden la idea de que esta, es la mejor época para redimirte, pues nadie sabe lo que pasará.

Un día antes del confinamiento, recuerdo que me dispuse a contar los escalones de aquel territorio donde laboraba como docente y que días antes estaba ocupado por cientos de estudiantes, que sin culpa tomaban a broma, los memes que veían en Facebook, sobre la primera mujer contagiada de corona virus en Ecuador.

Cuando subí más de 100 escalones para retirar del casillero todos mis libros, el acta, los periódicos, marcadores sin utilizar y trabajos pendientes por calificar, me di cuenta que no se trataba de la finalización de un año lectivo, ya que era muy parecido el ambiente a la culminación de un año escolar, pues esta vez el virus nos obligó a cerrar las puertas del colegio, antes de tiempo. Por muy paradójico que sea, días antes anhelaba un descanso improvisado, pero ese momento en que me disponía a marcar el registro de salida, sentí un vacío e incertidumbre, di la vuelta y observé la cancha vacía, donde muchas veces esquivé algunos pelotazos de alumnos que con o sin intención mandaban el balón hacia mi persona.

Aun no asimilaba que es lo que estaba sucediendo, parecía mentira. ¡Esto no puede ser verdad! Dije, mientras me despedía de mis compañeros, que presiento que al igual que yo fingían estar tranquilos y que todo esto pasaría pronto.

Al llegar a mi departamento tomé algunos ahorros para comprar provisiones, y admito que cuando llegué al mercado, ni siquiera sabía que comprar. Observé a mucha gente que corría, como cuando se avecina un aguacero con granizo incluido. Algunos estaban con mascarillas, yo no, porque todo me tomó por sorpresa, y en ese instante formé parte de los “clientes del mercado” al que le veían por encima del hombro y con recelo, por no llevar una mascarilla puesta.

Ese martes, poco antes de que anochezca llegué cargada de alimentos y muchas fundas de leche para Isaac, mi hijo de casi tres años de edad. Después de poner seguro en la puerta, Isaac recibió una noticia muy agradable para él. Lo miré fijamente y mientras me ponía en cuclillas para estar a su altura, le dije que ya no iría a la guardería por un buen tiempo, él sonrió, y con un abrazo me dijo: Gracias mamá…

Los primeros días me sentía extraña, pues no había bulla, se ausentaron sonidos que nunca me percaté que me rodeaban; la amalgama de ecos de los vendedores ambulantes que se paseaban en el parque, o aquella eufonía que solía escuchar al novio de mi vecina cuando la visitaba, incluso el ensordecedor ruido de las motocicletas y los clásicos ladridos de los perros del barrio que alertaban al vecindario, la llegada de un desconocido.

Mi hijo y yo pasábamos mucho tiempo taciturnos, tratando de escuchar algo, que en realidad era un silencio enfrascado dentro de muchos silencios, que de manera obligatoria teníamos que acostumbrarnos durante el confinamiento.

Con el paso del tiempo, el aislamiento me confirió “enemigos” que trataban de controlar mi miedo, y lo último que debía tener era justamente eso: ¡Miedo! ya que mis defensas bajarían y según yo, el virus iba a apoderarse de mí.

Mi peor enemigo fue el amarillismo, aquella tendencia de ciertos medios de comunicación que presentaban “noticias” que en cuestión de minutos “bajaban” las pocas defensas que según yo aún tenía, gracias al protocolo cumplido de desinfección juiciosa en mi casa: lavado de manos constante, vaporizaciones con hojas de eucalipto, el pañuelo blanco en el umbral de la puerta junto con una señal de la cruz y por supuesto la hidratación con agüita de Hierva Luisa, que reemplazó al café matutino bien cargado durante 15 días consecutivos.

Todo cambió repentinamente, solo podía observar mis recuerdos a través de la desesperación de mi hijo por salir a ver a su abuela, allí y solo en ese momento valoré las largas caminatas que hacía con mi hijo antes de llegar a la casa de mi madre solo para abrazarla, cuando por dormir un poco más no asistía a invitaciones de la familia, o cuando dejé pasar la oportunidad de aquel viaje para ir a contemplar el majestuoso e imperante mar.

Mi rutina después del teletrabajo, derroche de tiempo viendo Netflix, largas y alentadoras video llamadas, consumo de alimentos por ansiedad y un insomnio desgastante, formaron parte de mí obligado nuevo estilo de vida.

Cuando me cansaba de aquel estilo, solía ver fijamente desde la ventana al parque, como esperando que “haya vida”, personas en actividad, carros en movimiento, tiendas abiertas o el señor de los helados que transitaba los jueves en la tarde. Pero solo se veía desolación y espacios entristecidos, eso me provocó una crisis de depresión, pues recordé momentos muy duros del pasado cuando la dependencia emocional y el machismo hizo que mi vida se convierta en un confinamiento emocional debido al mal trato psicológico, que al igual que yo, estoy segura que muchas mujeres viven a diario con agresores a quienes los llaman “esposos”.

Mi psicóloga reapareció para ayudarme de manera virtual con las terapias y a su vez para sugerirme que deseche de mi mente los recuerdos negativos del pasado y haga de este encierro, una oportunidad de florecimiento mental. Después de un profundo análisis de mi vida, me di cuenta que existí por mucho tiempo en un confinamiento emocional, y que yo era la única protagonista y responsable de decidir mi libertad, cambiando positivamente del color rojo por verde al semáforo de mi propia vida.